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Héctor Abad Faciolince 15 Dic 2012 - 11:00 pm

Un libro secreto en Navidad

Héctor Abad Faciolince

Como esos jóvenes se besan con furor delante de los matrimonios de casados cansados (eso en mi tierra se llama “contar menuda delante de los pobres”), les voy a hablar de un libro que no todos podrán degustar en estas Navidades: Gabo periodista, una antología de sus mejores textos de prensa.

Por: Héctor Abad Faciolince
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El libro, en tapa dura, hojas cosidas de sedoso papel sueco, fotos inéditas del álbum de Mercedes Barcha, y comentarios sesudos, acaba de salir, pero en Colombia, por ahora, solo lo recibirán los consentidos de Carlos Julio Ardila, quien ha costeado la primera edición privada para apoyar el trabajo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Fue a Jaime Abello, precisamente —que con tanto acierto dirige lo que García Márquez imaginó y fundó—, a quien se le ocurrió hacer este libro. Y él le encomendó la tarea al periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, quien a su vez puso a 20 colegas suyos a escoger y comentar los textos periodísticos de Gabo. El libro es formidable y aquí empiezo a contar la menuda delante de ustedes, con perdón:

Entre los periodistas y escritores que escogen y comentan los textos están Jon Lee Anderson, Alma Guillermoprieto, Juan Cruz, Enrique Santos Calderón, Juan Villoro, Sergio Ramírez, Jean-François Fogel, Antonio Muñoz Molina, y no les digo más. Lo interesante es que un grupo de buenos lectores escogen los artículos, las crónicas, las entrevistas y reportajes de García Márquez, y luego explican en qué sentido cada una de las piezas seleccionadas son una lección de gran periodismo, una muestra de buena literatura, e incluso una anticipación premonitoria de cuentos y novelas. En este sentido es fascinante, por ejemplo, lo que hace Fogel al comentar una nota aparecida en El Espectador a finales de septiembre de 1982, apenas dos semanas antes de que se le concediera el Nobel: “El avión de la bella durmiente”. No creo que todos hayan advertido —como Fogel nos lo enseña— que en esa nota de prensa estaba la semilla de Memoria de mis putas tristes, sin excluir al viejo de 90 años que mira cómo duerme una muchacha.

Juan Cruz rescata un cuento de terror, nacido como anécdota de la vida real, que llegaría a ser una película. Muñoz Molina nos cuenta con qué fervor compraba los miércoles El País para leer la columna de Gabo, y cómo se resistió a escribir sus novelas a la manera de Cien años de soledad, pero en cambio quiso siempre que sus notas de prensa tuvieran la gracia impredecible del García Márquez articulista semanal. Una gracia que no se amedrenta siquiera ante la muerte, como se ve en la nota que María Jimena Duzán escoge para celebrar a Guillermo Cano, “el ejemplar más retraído de una tercera generación de periodistas congénitos” (¡y qué no habría dicho de los genes de olfato periodístico y discreto retraimiento de la cuarta!).

Con su raro don para disparar aforismos, Juan Villoro nos explica la virtud de su colega García Márquez, capaz de voltear la realidad patasarriba, con el solo fin de volvérnosla más tolerable: “El disparate es un sistema de primeros auxilios para soportar el peso de la sensatez”, nos dice. Sergio Ramírez —que justamente escoge una crónica nicaragüense, de cuando los sandinistas se toman el poder— también le da una vuelta de tuerca a las técnicas de Gabo: en este caso no es que el cronista exagere, sino que la realidad en sí misma era ya una exageración.

No les puedo contar el libro entero. Les he mostrado algunas de sus moneditas de plata, para que los privilegiados que reciban el libro de regalo no lo dejen sin tocar en la mesa impoluta de la sala, como si fuera un adorno. Y para que los verdaderos lectores hagan ganas y esperen la edición comercial. Dichosos los invitados a este banquete. Vayan a leerlo en las bibliotecas o espérenlo hasta el próximo diciembre. No importa esperar: las buenas nuevas serán siempre nuevas, porque lo mejor de estas notas de prensa de García Márquez es que dan la impresión de no haber envejecido.

 

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