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Carlos Fernando Galán 22 Jun 2013 - 10:00 pm

Un mensaje para las Farc

Carlos Fernando Galán

Señores de las Farc: no es fácil para los colombianos oír sus declaraciones a la salida de las reuniones con el Gobierno en La Habana.

Por: Carlos Fernando Galán
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No es fácil porque no dejan de tener algo de razón aquellos que cuestionan el hecho de que se les permita hablar, por ejemplo, sobre el campo y la participación en política, a quienes han ordenado o perpetrado ataques a la sociedad civil, han reclutado menores y han secuestrado, abusado y torturado a miles de personas. 

Es cierto que muchos jóvenes ingresaron a sus filas con la idea de que una sociedad llena de problemas y desigualdades se podía cambiar tomándose el poder por la fuerza. Pero poco a poco sus métodos y sus objetivos se fueron degradando y los llevaron a traicionar cualquier asomo de idealismo y sueño real de cambio que pudieran tener en un principio. 

Claro, nuestra democracia sigue teniendo fallas. La corrupción carcome los partidos y por esa vía mantiene contagiadas las instituciones. En algunos casos se roban curules en escrutinios, en otros financian de manera ilegal las campañas. La falta de cultura política y el escepticismo llevan a que cerca de la mitad de los colombianos ni siquiera participe en las elecciones. Incluso, muchas veces son los medios los que deciden quiénes son candidatos viables y quiénes no. 

Pero nada de eso, absolutamente nada, justifica apelar a la violencia. Y no se justifica, porque sería absurdo negar que, a pesar de esas fallas, nuestro país ha avanzado en la construcción de su democracia mientras que ustedes han seguido en la ilegalidad apelando a métodos cada vez más inhumanos.

Colombia ha cambiado y esos cambios se han producido en buena medida gracias a personas que, tal vez con un idealismo similar al que llevó a muchos jóvenes a la insurgencia hace 40 o 50 años, decidieron dar la pelea, pero desde las instituciones. Y, sin importar las dificultades que esto representó, lograron demostrar que se puede asumir una posición rebelde y partidaria del cambio social, sin apelar a las armas para producir cambios contundentes en nuestra sociedad.

A pesar de esto, somos muchos los que apoyamos el proceso y lo hacemos porque creemos que nada justifica condenar a Colombia a más décadas de violencia. Si existe una posibilidad seria y viable de acabar la guerra, no hay razón suficientemente poderosa para no intentarlo, pues, con ello, condenaríamos a miles y miles de jóvenes a seguir cayendo en emboscadas o en minas.

Muchos estamos dispuestos a pasar la página, incluso a renunciar a ver a algunos de sus cabecillas tras las rejas siempre y cuando se apliquen mecanismos de justicia transicional que nos libren del fantasma de la impunidad. Tienen que pedir perdón sin ambigüedad alguna, contar toda la verdad y reparar a las víctimas. 

Los que apoyamos el proceso entendemos y aceptamos que se discuta en La Habana cómo se puede acabar el conflicto en el campo, en la ciudades, y cómo se transforman ustedes en movimiento político y se les dan garantías para su reinserción. Pero por ningún motivo aceptaremos que en una mesa de negociación quienes ni siquiera han renunciado a las armas traten de cambiar el modelo económico y político de nuestra sociedad. 

Respeto sus ideas sobre cómo profundizar la democracia, cómo garantizar la independencia, transparencia y legitimidad de los órganos de control, cómo implementar políticas más efectivas para reducir la pobreza y la desigualdad. Pero guarden esas propuestas para cuando estén en los espacios de diálogo democrático y cuando sus armas sean las ideas y no los fusiles ni las bombas. Mientras tanto, demuéstrennos a los colombianos que el país no se está equivocando al darles esta oportunidad, porque hasta ahora sus posiciones ambiguas frente a las víctimas, su reticencia a entregar las armas al final del proceso y su desconocimiento de la legitimidad de la justicia nos indican todo lo contrario.

(*) Escrita el 21 de junio

  • Carlos Fernando Galán (*) | Elespectador.com

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