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Héctor Abad Faciolince 10 Mar 2013 - 1:00 am

Un papa americano, pues

Héctor Abad Faciolince

Ya sé que algunos de ustedes —descreídos— no me lo van a creer, pero el otro día recibí una visita de una paloma que dijo ser el Espíritu Santo.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Me saludó en latín: “¡Ave, Tórec! Soy el Espíritu Santo”. Después añadió: “A mí nada se me escapa, y leí tu artículo del pasado domingo sobre mí y sobre los papas. En él hacías una propuesta insensata: que les soplara a los cardenales el nombre de un papa casado. Qué falta de seriedad y qué impertinencia. Un papa casado, ¡el mundo no está preparado todavía para eso! Eso no ocurrirá antes del año 2821. Pero te tengo una buena noticia: habrá papa americano”. No me lo podía creer y le pregunté si hablaba en serio. “Muy en serio”. Luego me anticipó lo que iba a pasar en el cónclave.

El martes, dijo, en las primeras votaciones, se delinearían dos bloques mayoritarios. De un lado, el bloque de la curia tradicional, compuesto básicamente por los cardenales italianos y unos cuantos aliados de los dicasterios romanos: 29 votos. Y por otro lado el bloque alemán, que es más teológico, más árido, más intelectual: 32 votos. Los votos del bloque de la curia irán para el cardenal Angelo Scola. Los votos del bloque alemán, al arzobispo de Viena, monseñor Christoph Shönborn.

Estos fueron los votos mayoritarios. Luego vinieron dos bloques, llamémoslos así, centrífugos, o alejados del centro: 12 votos por un cardenal muy joven, muy godo y muy cercano al Opus Dei, el arzobispo de Budapest y primado de la Iglesia húngara: Peter Erdö. Once votos por un cardenal canadiense, Marc Ouellet, sulpiciano y arzobispo emérito de Québec. Y el palo: 17 votos por Odilo Scherer, muy blanquito, pero muy latinoamericano, y más concretamente, brasilero, arzobispo de São Paulo. El resto de los votos se los repartían, de a tres, de a cuatro, cardenales menores. Humo negro. Segunda votación. Tercera votación. Los pequeños se fueron desdibujando. Seguían los bloques y los tres excéntricos: Hungría, Brasil, Canadá. Humo negro.

Aquí habló Shönborn, que era el más votado. Humilde, casi meloso: “Entre Scola y yo no nos vamos a poner de acuerdo. Creo que tanto él como yo debemos renunciar e irnos por una tercera vía. Hay dos americanos y un húngaro, yo propongo que oremos un buen rato a ver qué nos dice el Espíritu Santo”. Tomó la palabra Scola, retorcido: “Nosotros aceptaríamos la tercera vía siempre y cuando se nos garantice que el nuevo papa nos dejará, como es tradición, la Secretaría de Estado”. Murmullos. Una voz gritó entre dientes: ¡mafioso! La Secretaría de Estado es la plata. Pero aceptaron y se fueron a dormir.

Otro día del cónclave; votan. Marc Ouellet, el canadiense que habla como los de Manizales: 36 votos. Odilo Scherer, el brasileño que parece alemán: 45 votos. Peter Erdö, el de derecha: 22 votos. Los otros votos fueron charlatanes: un africano y un asiático que votaron por ellos mismos. Una letra ilegible. Empiezan los cuchicheos, los conciliábulos. Que si Erdö es muy joven; que si Scherer no tenía un primo como maluco; que si Ouellet no es de un país donde la mayoría no es católica... cosas así.

Y aquí viene lo mágico. Cito literalmente lo que me dijo la paloma: “Como un rayo le caí a Ouellet y le hablé con acento antioqueño: ‘Ve, home, a vos no te conviene quedar de papa porque te sacan a relucir aquello que vos sabés. Escogé entre uno de los otros dos’”. Y Ouellet le contestó al Espíritu Santo: “Escucho y obedezco”. Se levantó y dijo: “Señores, yo renuncio a mi postulación, y digo públicamente que quiero apoyar el nombre del cardenal Scherer de São Paulo”. Volvieron a votar: humo blanco, 85 votos por el cardenal brasilero, primer papa americano de la historia de la Iglesia. Viene del país con más católicos del mundo. Y del país más alegre, más tropical. Habla bien español porque vivió en Toledo. En honor a su ciudad escogerá este nombre: Paulo VII.

El Espíritu Santo me sopla una última cosa antes de salir volando: “En Venezuela van a decir que es el primer milagro de Chávez”.

  • Héctor Abad | Elespectador.com

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