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Héctor Abad Faciolince 2 Mar 2013 - 11:00 pm

Un papa casado

Héctor Abad Faciolince

Por: Héctor Abad Faciolince

DE LAS TRES PERSONAS DE LA SANTÍsima Trinidad, con la que tengo más dificultades de comunicación es con el Espíritu Santo; al menos con Padre e Hijo uno sabe los roles paternal y filial que representan, pero esta tercera persona (que se suele pintar como una paloma blanca que desciende en picada), esa sí que es difícil de entender. Y sin embargo yo confío en que esta vez, al inspirar a los 115 cardenales que van a elegir al papa, les sople al oído el nombre de un hombre casado. No se escandalicen, que la cosa es posible y además legítima: papa puede ser cualquiera que haya sido bautizado y yo no puedo creer (es estadísticamente absurdo) que el Espíritu Santo les sople siempre el nombre de uno de los cardenales presentes en el cónclave. De más de 600 millones de varones católicos tiene que haber alguno más santo y más apto que los 115 príncipes de la Iglesia que se encierran con llave en la Capilla Sixtina. Una de dos: o el Espíritu Santo habla muy pasito, o es carreta eso de que a los cardenales los inspira el Espíritu Santo.

Papas casados ha habido muchos, empezando por el primero, San Pedro, que no solo estaba casado (San Pablo lo critica en la primera carta a los Corintios por hacer pasar a su esposa por su hermana), sino que además vivía con la suegra, según San Marcos (Mc.1:30). En los primeros mil años de la Iglesia se casaban los curas, muchos obispos y también algunos papas. Tan se casaban los papas que por lo menos dos papas (y santos de la Iglesia) fueron a su vez hijos de papas: San Silverio, hijo de San Hormisdas (el 52º papa), y San Agapito I. Otro hijo de papa fue el papa Juan XI, hijo de los amores del papa Sergio III con una mujer muy potente, Marozia, a quien se acusa de haber instalado en Roma una pornocracia a finales del primer milenio de nuestra era.

En realidad, hasta el primer Concilio de Letrán (realizado en 1123) los sacerdotes y los obispos podían casarse, si bien se les recomendaba lo mismo que recomienda San Pablo en su primera epístola a Timoteo: “es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio…”. Según Saulo de Tarso (1 Tmt. 3), no era bien visto que los obispos se casaran varias veces, pero una vez no estaba mal.

Parece ser que a los cardenales y obispos del viejo catolicismo les atraía tanto la concupiscencia como a cualquier cristiano. Se cuenta que al Concilio de Constanza (1414-1418), además de los purpurados, asistieron también 700 prostitutas para asistirlos en sus necesidades más íntimas, pues bien se sabe lo larga que puede ser una noche de concilio sin conciliar el sueño. De escándalos así se nutrieron los protestantes para separarse de la Iglesia de Roma. A los protestantes les molestaba mucho eso del celibato, pues les parecía que conducía a desenfrenos sexuales; tan es así que una de las primeras cosas que reformaron fue esa, y no solo dejaron que los curas se casaran, sino que los estimulaban a hacerlo.

Emblemático es el caso del papa Alejandro VI (de la familia Borja de Valencia, cuyo apellido italianizó en Borgia), quien tuvo cuatro hijos oficiales con la muy noble Vannozza Cattanei y tres naturales, con desconocidas. Con su primogénito, César, fue especialmente generoso, pues lo nombró cardenal cuando llevaba apenas un año de papado, en 1493, y cuando su muchacho contaba apenas con 18 años. Pero lo cierto es que Alejandro VI nunca se casó, y en ese sentido respetó el I Concilio Lateranense. Fue lascivo, pero no casado, y no para todo fue mal papa: a él se debe nada menos que se le encargara a Miguel Ángel La Pietà, una de las más hermosas esculturas del mundo.

Pues bien, siguiendo estos antecedentes, algunos santos y otros no tan santos, el Espíritu Santo debería darle una señal clara a la Iglesia y soplar al oído de los cardenales el nombre de un papa casado. Porque lo malo no es el sexo, sus eminencias, lo malo es la hipocresía y la mentira. O si no miren los pupilos de semen y los hijos del santo padrecito Marcial Maciel.

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