Por: Diana Castro Benetti

Un paso

Aunque alguien nos declaró sedentarios hace miles de años, el nomadismo sigue tan vigente como en tiempos primigenios. Todo horizonte nos fascina, obnubila y atrae como un espejismo irresuelto. Seamos nómadas de la virtualidad o caminantes de las pasiones, viajamos llenos de extrañas combinaciones hechas de cables, doctrinas, rencores, mascotas y delicias.

Y resulta bien cierto que la vida es un camino y que, como símbolo, el nómada aún sigue vigente. Es un caminante que vive sin ataduras o que, tal vez, se encoge de hombros ante los éxitos del que acumula y se desangra por un pequeño poder. El que anda no mata sus espejismos, ni los venera; tampoco se agarra a una idea o a un lugar y mucho menos se sorprende con lo que ve. Sólo observa, acepta, avanza, imagina, sonríe y se despide. Va.

Caminar es una bisagra entre un espacio interno y una zona exótica, casi paranormal, donde los otros habitan. Es el despliegue del ser, es la vida desenvolviéndose en cada momento para renovar los sentidos. Es el reflejo de lo que somos, ermitaños o gregarios donde unos prefieren los viajes al más allá y las luces de visiones angelicales y otros anclan sus deseos en la vereda de enfrente para arar futuros en la tierra de los abuelos. Nos desenvolvemos según las circunstancias y, ahí, somos lo evidente de nuestras propias esclavitudes.

Todo camino tiene su carga, su vocación y su cumbre. Cada quien abre los confines de su alma o le cierra la puerta al espíritu para sentir su carne. Caminos circulares, laberínticos, en espiral o tan rectos como la aburrición y donde hay que agarrarse a la estrella o a los barrotes más cercanos. Cada quien pone un pie tras otro e inventa su destino sin el mayor cuidado de preguntarse si es útil, apasionado, amado o loco.

Y al final del día se nos olvida que somos seres marginales e inventores, seres de las fronteras y de lo indefinido, seres con fallebas que se abren a las utopías, los deseos y las simpatías. Se nos olvida que amaneceremos con los matices y los grises más que con las certezas y las victorias. Al abrir los ojos, todos somos tan mendigos como magnánimos, tan ilusos como crédulos, tan ateos como idólatras porque, casi sin saberlo, veneramos a la curiosidad, esa diosa única que da un paso tras otro para develarnos el único camino extraordinario: el propio.

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