Por: Juan David Zuloaga D.

Por un pensamiento vivo

Son dos los vicios de la academia colombiana que denuncia Roberto Palacio en su escrito en la edición más reciente de la revista Arcadia: la hiperespecialización de la disciplina y el ceñirse más a la letra que al problema del que ella emana.

Es decir, el hecho de que se estudie más a los autores que a los problemas y que para hacerlo se valgan de una jerga enrevesada llena de tecnicismos innecesarios.

La especialización, tan propia de nuestra época en todas las áreas, es, quizás, un lujo que la filosofía no puede permitirse; al menos si aspira a seguir siendo el fundamento que sustenta otros muchos saberes. Y precisamente por ello no debería caer en la expresión obscura o en un lenguaje sólo apto para iniciados. Porque la filosofía es cuestión del mundo y sus afanes y no, como pretenden algunos, de terminología.

Es apenas evidente que cuando se emprende una discusión sobre los alcances y límites de la filosofía, puede arribarse a cierta especificidad difícil de comprender para el profano, pero eso en modo alguno debe justificar la obscuridad que, por ejemplo, se hizo norma y emblema de ciertas corrientes filosóficas de la segunda mitad del siglo XX. La claridad es la cortesía que le debe rendir siempre el autor al lector.

Es cierto que hay que conocer la tradición si se quiere hacer parte de unos debates antiguos, pero si también se quiere avanzar (al menos intentarlo) frente a esas preguntas viejas o perpetuas que son las de la filosofía, se debe estar más pendiente del problema que de la jurisprudencia, si se me permite la figura. De lo contrario, puede ocurrir que nos pasemos la vida pensando respuestas a los problemas que tuvieron nuestros antecesores, pues la filosofía es y debe ser un intento por pensar el presente.

Viene a la memoria la anécdota que cuenta Platón de que todavía cien años después de la muerte de Heráclito, había en Éfeso heraclianos que hablaban a la manera del maestro, repetían ciega y obscuramente sus enseñanzas y no aceptaban discusión alguna. Y como ellos, muchos ha habido a lo largo de la historia más preocupados por la exégesis de los textos que por la comprensión del problema. Tan sólo cambian el maestro o el obispo de su diócesis, pues en las aulas y las tertulias de los cafés vemos recitar a los foucaultianos, a los derridianos, a los wittgeinstenianos...

Cada tanto viene un filósofo a recordarnos que la filosofía debe mirar más al mundo y sus problemas que a sus autores. La última gran llamada, por su envergadura, su alcance, su profundidad y su significación, fue, quizás, la que hiciera Edmund Husserl, por allá a comienzos del siglo XX. No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran los exégetas de su obra y los recitadores de sus páginas, dando de nuevo la espalda a la enseñanza que él y otros tantos, desde Sócrates, han intentado infundir: que el pensar es asunto del espíritu del problema y no de la letra que lo contiene...

Hoy que, en Colombia y en otras muchas partes, se leen esas obras con más veneración que respeto, es fácil caer en los mismos vicios que cada renovador de la tradición critica. Y no me refiero a una prudencia para con los textos y para con el mundo que yo siempre encomio, sino a una especie de temor reverencial que impide que el pensamiento se ponga en acto.

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