Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Un regalo envenenado?

A propósito de la aprobación de la ley sobre fuero militar, distintas voces han advertido de las implicaciones nefastas que tendrá sobre el respeto a los derechos humanos en el país y sobre la calidad de vida de nuestros sectores más vulnerables.

Ellos —como se descubrió hace no más de un lustro— sufrieron en carne propia la pesadilla de los mal llamados falsos positivos. Como informó oportunamente este diario, de los tres o cuatro casos de supuesta “inseguridad jurídica” sobre los que se apoyaba el ministro de Defensa para defender la propuesta, al menos dos correspondían a falsos positivos. En cualquier otro país del mundo, esto hubiera causado una tormenta en la opinión. Esta cosa tuvo que ser aprobada por gente con piel de rinoceronte.

Un aspecto sobre el que se ha discutido poco, empero, es que el instrumento constituye un regalo envenenado, que pone en serias dificultades a quienes se supone que beneficiará. Pues me imagino que en esencia se trata de complacer al Gobierno y a las Fuerzas Armadas. Pero para los dos el asunto es más bien una papa caliente. Comencemos con el Gobierno. Como se sabe, el comportamiento de la opinión frente a éste se caracteriza por dos factores. Primero, una extraña combinación de esperanza y escepticismo. Segundo, bruscos bandazos, que a veces ponen a la actual administración en la cima de los afectos y a veces la envían a las tinieblas exteriores. No sabemos a ciencia cierta por qué se indigna la opinión, pues a veces pasa de agache frente a horrores y a veces se moviliza frente a fruslerías. Pero lo cierto es que cuando pelea lo hace en serio. Por lo demás, el Gobierno adelanta varios proyectos de largo aliento, que pueden producir grandes resultados pero a la vez sufrir serios descarrilamientos. Imagínese el lector en este contexto lo que pueda suceder cuando un falso positivo pase de la justicia ordinaria a la jurisdicción militar —algo que inevitablemente ocurrirá— y termine en la impunidad.

Pero el proyecto también le hace a la fuerza pública un flaco favor. Comienzo recordando que para ella la noción de honor es fundamental. Además, se trata de una institución mucho más diversa, compleja y pensante de lo que nos imaginamos los civiles desde nuestros prejuicios, y se encuentra en trance de afrontar retos estratégicos que inevitablemente implicarán el cambio de su relación con la población. Procesos como la restitución de tierras o la paz, de llegar a buen puerto, significarán para la fuerza su rediseño y la búsqueda de un nuevo papel. No creo que este consista en hacer mutis por el foro. Cualquiera que esté familiarizado con la historia y la política latinoamericanas sabe que los militares pueden, en ciertas condiciones, hacer contribuciones positivas, de hecho indispensables, a cambios sociales de envergadura. Los militares colombianos, que conocen en detalle el país, están igualmente familiarizados con sus problemas. En esta coyuntura crítica, se me antoja que necesitan de sus liderazgos civiles dos cosas. Primero, fuentes de legitimidad, no sólo frente a la opinión en general, sino frente a auditorios específicos: pues esto implica capacidad para hablar serena y seriamente con todos los actores relevantes en el país y el exterior. Segundo, ideas, ideas y más ideas —permítanme esta paráfrasis—, para buscar un lugar, que bien puede ser importante y constructivo, en las nuevas circunstancias.

El ministro Pinzón lo que ofrece es un lenguaje primitivo, unas reivindicaciones oscuras de carácter defensivo y gremial, y la mentalidad —pobre y empobrecedora— de una fortaleza asediada. Nada que apele a la imaginación o al futuro. Me pregunto si este es el mejor liderazgo que los civiles pueden ofrecer a sus militares.

 

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