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María Elvira Samper 15 Jun 2013 - 10:00 pm

Un tiro en el pie

María Elvira Samper

Era de esperarse el ‘no’ rotundo del Gobierno a la propuesta de las Farc de aplazar un año las elecciones y de convocar una constituyente.

Por: María Elvira Samper
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Tampoco sorprendió que los voceros de la guerrilla plantearan temas que no figuran en la agenda, pues ir más allá de lo inicialmente acordado, de lo aceptado y/o aceptable, se ha convertido en una especie de ritual previo al inicio formal de cada ronda de conversaciones. Es la forma de hacerse sentir, es parte de su juego, de sus tácticas de negociación, y su objetivo es medirle el pulso al Gobierno y calibrar el ambiente político.

En esta oportunidad, el interés concreto era reiterar que el proceso que se adelanta en La Habana no es de sometimiento y que, en consecuencia, la participación política es asunto neurálgico de la negociación que a ellos les concierne, pero también para toda la sociedad, si el objetivo es consolidar el Estado de derecho. Y entonces insisten en la constituyente como escenario ideal de discusión y lanzan anzuelos a diestra y siniestra: seguridad jurídica para todos los combatientes (léase militares también); segunda instancia para los congresistas; reforma de la justicia; derechos de la oposición...

No es ni descabellado ni revolucionario lo que plantean, son asuntos que el país necesita resolver para avanzar en democracia. Sin embargo, para buena parte de los colombianos —incluidos aquellos que apoyan el proceso— resulta intolerable que las Farc, que tanta violencia han causado, pretendan dar lecciones en esa materia y señalar que el camino es una asamblea constituyente. Si bien ésta ha sido una de sus banderas y un punto de honor que pareciera no negociable, lo cierto es que ya tuvieron la oportunidad de participar en la de 1991 y no la quisieron aprovechar. Por esto mismo y por la experiencia de esa asamblea que, una vez elegida, se declaró soberana y sin limitaciones para hacer un revolcón institucional, es comprensible que el Gobierno la descarte como mecanismo para refrendar el posible acuerdo con las Farc.

Sin embargo, si por algún motivo ése llegara a ser el escenario, los riesgos serían enormes para esa guerrilla. Las encuestas indican que la mayoría de los colombianos —cerca o más del 70%— rechazan la posibilidad de que participen en política y quieren ver a sus jefes tras las rejas. Y aunque sus voceros consideran que los resultados son manipulados, sería altamente probable que en una constituyente elegida por voto popular, las Farc no alcanzaran una representación significativa. Y tanto o más grave que esto para sus intereses y propósitos —meter temas excluidos de la agenda de La Habana— sería que el uribismo y los sectores más conservadores —que son plaga en el país y le apuestan al fracaso de las conversaciones— lograran un buen número de curules y se salieran con la suya: desmontar lo que les estorba de la Carta del 91 y abrir la puerta para una nueva reelección de Uribe.

El Gobierno ha dado pasos audaces en busca de un acuerdo que ponga fin al conflicto armado; las Farc han recuperado espacio político y están sentadas en una mesa de diálogo que ya logró un acuerdo parcial sobre la cuestión agraria, que recoge sus reclamos históricos. ¿Por qué, entonces, no seguir avanzando y hacer gestos para abonar el terreno que haga posible su participación en política? ¿Por qué la terca insistencia en una constituyente que puede significarles un tiro en el pie?

  • María Elvira Samper | Elespectador.com

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