Por: Piedad Bonnett

Un viejo con unas alas enormes

Hace poco, María Elvira Bonilla se refirió a José Mujica, el presidente de Uruguay, como “un joven de 78 años”. Y claro que juventud mental es lo que le sobra a este viejo achacoso y audaz, que no tiene pelos en la lengua, usa tenis y no conoce la corbata.

Y, sin embargo, también podríamos verlo como lo contrario: un viejo sabio, al cual la experiencia, en vez de volverlo oportunista o ladino como a casi todos los políticos, le ha dado ecuanimidad y sentido de la realidad política.

El rasgo que más ha resaltado la prensa es su austeridad. Que tiene un carro viejo, escriben con incredulidad, que vive en una casa de paredes descascaradas, que él mismo se hace de comer. Su pobreza ha sido resaltada casi hasta la caricatura, como en el caso del papa Francisco, cuya humildad impostada dista mucho de la de este antiguo tupamaro. Lo que su mandato está demostrando, sin embargo, más allá de cualquier rasgo pintoresco, es algo tan sencillo como él mismo: que de todos los presidentes de izquierda en este momento en América Latina pareciera ser el más consecuente con su ideología y el más valiente a la hora de traducirla en hechos.

Mientras algunos de estos gobernantes vociferan, amenazan, coartan libertades o se hacen los de la vista gorda frente a la corrupción de sus copartidarios, Mujica, casi silenciosamente pero con una firmeza y una claridad admirables, legaliza el cultivo y venta de la marihuana, aprueba el matrimonio gay y se declara partidario del aborto. La primera decisión tiene unos alcances que todavía la gente no pareciera ver: es un experimento que no sólo desafía valientemente las políticas prohibicionistas que impusieron los Estados Unidos, sino que plantea el consumo como un problema de salud pública que debe enfrentarse con regulación, campañas educativas, rehabilitación y prevención. Y en últimas, como un acto de autodeterminación personal. Pero además, con ese sentido común exacerbado que demostró en la cumbre de Río y que muchos interpretan como simpleza, Mujica no sólo declara —como empiezan ya a hacer algunos políticos— que el narcotráfico es peor para América Latina que el consumo, sino que pasa a la acción. Sabe que no será la panacea, que corre riesgos, que la mayoría desconfía de la medida, pero hace todo lo que puede sin caer en autoritarismos.

Mientras la izquierda más recalcitrante tiene una tradición de persecuciones a los homosexuales —como sucedía hasta hace poco en Cuba y en China—, el presidente uruguayo hace aprobar el matrimonio gay. Y mientras Maduro, supuestamente marxista, agradece a Dios “habernos dado (…) a un hombre en un rancho de palma que resucitó la Patria”, Mujica se declara abiertamente ateo. En síntesis: estamos ante un hombre de izquierda que, siendo fiel a sus ideas, ha sabido evolucionar. “Hoy la lucha armada es una tontería”, ha dicho. Y también: “lo más importante que está pasando en América Latina es la tentativa de construir la paz”. Lo sabe él, que luchó contra una dictadura feroz, que probó la cárcel, que llega al poder casi a los 80 años. Qué bueno que los hombres de las Farc que hoy pactan en La Habana supieran oírlo.

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