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Lorenzo Madrigal 6 Ene 2013 - 11:00 pm

Una cierta fatalidad

Lorenzo Madrigal

Por: Lorenzo Madrigal
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NO HAY MANERA DE INTERPRETAR estas fechas de alegría y descanso, mezcladas dramáticamente con tragedias de balas perdidas, niños quemados o violados, aparte de los resúmenes de año, todos signados por la pérdida territorial, ya no de Panamá, sino de gran parte del mar Caribe.

No disculpo a la indiferencia o a la insensibilidad, pero sí reconozco que abruma tanta desgracia, tanto enojo por los acontecimientos, al punto que el espíritu arrinconado finalmente parece desentenderse. Cuando la fatalidad cunde, los mecanismos de defensa del alma humana tienden al sacudimiento del dolor.

¿Qué puede hacerse? Para que un Estado como el nuestro madure se requieren, por decir algo, cincuenta o más años. Las instituciones todas, sin excepción, están tiznadas de corrupción. Antes alcanza el dinero para hacer unas cuantas cosas, demostración de que las arcas han estado llenas, pero han sido saqueadas.

Un dolor grande es el desacople constante entre fuerzas armadas y derechos humanos. Ya la Fiscalía ha entrado a examinar la cercanía de aquellas con una falla estructural, a la vista de los asesinatos extrajudiciales, motivados por alicientes de compensación por bajas enemigas.

Cursos de humanidad se dictan ya en las escuelas militares. Ahora bien, salta a la vista que el militar es castigado, mientras sus enfrentados de guerra salen amnistiados. De ahí que se recurra a un fuero protector que, dado el poder de las armas, sigue siendo un factor de autodefensa de cuerpo.

Esperanza de paz ninguna, sino tragedia es lo que presuponen las proclamas guerrilleras en la mesa de negociaciones. Aterran. Los combates continúan. Parece no conmovernos el duelo temprano de quienes ofrendan su vida en plena juventud; soltamos un “ay” al escuchar las noticias, pero nuestra mente no alcanza a digerir una pena tras otra, que por lo demás se confunden con nuestros afanes personales.

Hay una cierta fatiga, que no endurecimiento, en la percepción de tantas calamidades. Es un dolor inerte y sordo al fondo de una vida dura que igualmente combate para sobrevivir, bajo reglas de juego que no dejan alternativa. Lo más injusto de los pregones de guerra por una justicia social es terminar cobrándole al particular, en forma coactiva, los deberes del Estado y la lenta evolución de las costumbres.

***

Con la desaparición del filósofo, compañero de infancia y juventud, Guillermo Hoyos Vásquez, se extingue esta pléyade familiar de hermanos, apreciables todos y queridos. El jesuita Jorge Hoyos, rector que fue de la Universidad Javeriana; el gran scholar, padre Jaime, de gracia particular, y el entrañable Augusto, recordado por una generación de amigos, de aquellos que perdemos de vista y de los que nos llega la noticia de su muerte.

  • Lorenzo Madrigal | Elespectador.com

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