Por: Juan David Ochoa

Una hoguera menos

La Corte Constitucional, sobre todos los pronósticos que vaticinaban una demora astronómica en las decisiones contundentes de la libertad, acorde a las demoras culturales de un país de camándulas y crucifijos, ha decidido aprobar la adopción por parejas del mismo sexo argumentando lo que ya era obvio constitucionalmente desde 1991, pero no real, por la influencia y los torpedos de las visiones místicas y especulativas de la realidad y la vida. Colombia dejaba de ser desde principios de esa década consagrada al sagrado corazón de Jesús y se fijaba laica y progresista y defensora de los derechos de las minorías e incluyente entre todos sus credos, condiciones y razas, impidiendo que los dogmas cristianos influyeran en las decisiones políticas del futuro.

Por primera vez, después de 24 años, se fija una decisión acorde a la dimensión de esa firma, y contra todas las sospechas, nos deja creer en la contundencia del progresismo y le entrega a los sectores místicos del país el reto grande de adaptarse a la inclusión y al humanismo pragmático o sumergirse en sus diatribas de irracionalidad y prejuicio.

Pero algo llamativo estalla ahora después de la noticia histórica, cuando los bandos han empezado a sacar sus barajas de ideas y juicios al respecto: la Conferencia Episcopal de Colombia, en cabeza de Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, representando claramente la opinión y el juicio del catolicismo en bloque, afirma sin pena y sin nervios que la decisión de la Corte Constitucional es inmoral.

Parece que siguen sin entender la semántica de las palabras y lo que abarca una decisión incluyente. Por supuesto que la decisión es inmoral. La moral no es una base insigne para decidir sobre comunidades a las que se pretende incluir en sus tendencias y credos, la moral es subjetiva, territorial y ligada a tradiciones culturales, no es universal ni abierta. La base argumental que se usa ahora, la misma que se usará en el futuro si se sostiene la intención de ser constitucionales y pragmáticos, es la ética, una pequeña diferencia aséptica que aparta el capricho de lo equitativo, y el sesgo místico de la universalidad. Parece que a los seminaristas y a los obispos se les olvida permanentemente los argumentos Kantianos que estudian con supuesto rigor en las lecturas selectivas de las bibliotecas acortadas que se exhiben en sus palacios de recogimiento.

Ya va siendo hora que dejen descartado el término “Inmoral” para desacreditar lo que conciben distante a sus paradigmas apostólicos, y ya va siendo hora, también, que el presidente en cabeza del otro progresismo político que intenta superar los otros paradigmas tontos de la guerra como única estrategia de defensa, empiece a hacer un uso contundente del discurso laico que la constitución le ordena, y haga diferencia clara entre las opiniones de una Corte que intenta defender la única base humanista del país en sus papeles racionales, de las opiniones caprichosas de una conferencia Episcopal que ya no tiene la misma relevancia que tenía en las décadas totalitarias del incienso y las constituciones antiguas que, por fortuna y gracias a la razón, se superaron.

 

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