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Hugo Sabogal 10 Ago 2013 - 10:00 pm

Una mala y otra buena

Hugo Sabogal

Hasta mi primer encuentro con una tormenta de granizo sobre un viñedo, todo se limitaba a titulares y pequeñas notas de periódico leídas a la ligera.

Por: Hugo Sabogal
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Nunca se me hubiera ocurrido pensar en el incalculable peligro que representa.

Pero a partir de esa experiencia vivida, cada vez que me entero de la destrucción causada por este fenómeno natural en algunos de los países productores de vino del mundo, me detengo a leer con atención lo sucedido, y a imaginarme el dolor y la desesperación del viticultor afectado. Todo el trabajo de un año o de una vida puede perderse en cuestión de minutos, si no de segundos. Las rocas caídas del cielo, además, matan animales y personas, y dejan costosos daños en edificaciones de todo tipo.

Hace cinco años llegué a Chilecito, en la Rioja argentina, en horas de la mañana, y todo parecía tranquilo: sol radiante, alguna tenue nube sobre la cordillera, y tranquilidad y cordialidad entre los presentes. Pasado el mediodía, una gigantesca sombra cubrió el cielo y los más avezados trabajadores comenzaron a murmurar sobre la inminente tormenta de "piedra" que se venía encima (en los países más propensos nunca hablan de granizo, sino de piedras y rocas de hielo).

Entendí que hay poco tiempo para ponerse a salvo y no importa si se está a bordo de un vehículo, y ni hablar si uno va a pie. El vehículo en el que estábamos recorriendo la finca —un durísimo Land Rover inglés, último modelo—, no aguantó el embate de la tormenta. La ráfaga seca, sin acompañamiento de lluvia ni de truenos, descendió sobre el techo, la tapa del motor y los vidrios de un vehículo que no tenía más de una semana de uso. Había abolladuras y roturas de todo tipo.

Afuera, la piedra dejaba sin hojas ni frutos a casi todas las plantas del viñedo. El trabajo de decenas de obreros, agrónomos y enólogos durante todo un año, y el patrimonio de sus dueños, estaban literalmente tirados en el piso. Cuando finalmente nos pusimos al salvo, tomamos en nuestras manos varias piedras de granizo, del tamaño de pelotas de golf. Había miles alrededor. El daño fue considerable. Varias hectáreas al aire libre habían quedado completamente destruidas, con excepción de aquellas resguardadas con mallas altas de gran resistencia. El costo de este sistema de protección suele ser a veces más caro que plantar viñedos. De ahí que no muchos se acojan a esta alternativa.

Todo esto me viene a la cabeza ahora que acabo de leer que, por segunda vez consecutiva en las últimas semanas, la zona productora de vinos blancos en la mítica región francesa de Burdeos, y conocida como Entre-Deux-Mers, había perdido 4.000 hectáreas de parras, dejando en la ruina a varios productores y empresarios. Y el jueves le vino la debacle al sur de Alsacia por las mismas circunstancias y con un desenlace similar. Vendrán los subsidios y las ayudas, pero estos no sustituirán a miles de históricas cepas, ni al vino echado a perder. Quizás los viñedos que hayan conservado intacta su estructura vegetal puedan recuperarse entre dos o tres cosechas, pero muchos otros se perderán para siempre. Y la peor parte de la historia es que las tormentas de granizo caen cuando las parras están cargadas de racimos. No antes. Además, a diferencia de Argentina, donde los productores protegen sus viñedos con mallas, los franceses, estoicos como siempre, así como otros viñateros europeos, prefieren correr el riesgo de la pérdida total, pues las normas de las clásicas denominaciones de origen no admiten nada que no sea natural. Ni siquiera, por ejemplo, permiten el riego en los veranos secos y calurosos. Son las cosas del vino.

Así es que, si llegó la piedra, la sequía o la helada, pues... mala suerte. Es lo que llaman la tradición vitivinícola pura y cruda. Quizás los hijos o los nietos eviten tener la misma suerte. A estas alturas faltan dos meses para la cosecha y, por tanto, las desgracias en el Hemisferio Norte aún no han terminado. Luego le tocará al Hemisferio Sur, entre febrero y mayo de 2014. Y así todos los años.

Pero no nos dejemos llevar por el pesimismo. Una de las mejores novedades de la última semana es que el clásico libro enciclopédico El Vino Atlas Mundial, de los escritores ingleses Jancis Robinson y Hugh Johnson, empezará a publicarse digitalmente a partir de este año. Todo su contenido, sus mapas y cuadros serán interactivos, para una consulta variada, ilustrada e inmediata. Se trata, sin duda, de uno de los tesoros editoriales más completos, tanto para aficionados como para profesionales. Según informaron sus editores, esta séptima edición de la obra (la última desde hace seis años) incluirá novedades sobre el cambio climático, así como nuevas técnicas de vitivinicultura e información sobre todos los lugares del mundo donde se hace vino.

La edición digital, disponible a partir de octubre, podrá bajarse como una aplicación en el Apple Store, por menos de US$20. Y la impresa, en edición de lujo, también estará en el mercado a partir del mismo mes, y costará el equivalente de US$62.

  • Hugo Sabogal | Elespectador.com

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