Por: Aura Lucía Mera

Una oportunidad

Campesinos de piel cuarteada, troncos y chamizos apostados sobre vías, cacerolas repicando en una noche estrellada, leche derramada sobre asfalto, vándalos encapuchados destruyendo locales, papas bombas y grafitis, mesas interminables de diálogo, personas heridas, otras muertas, desolación y caos…

Estas y otras imágenes se atropellan unas a otras, y a codazo limpio buscan espacio, buscan ser reivindicadas a partir de mi memoria cuando me dispongo a escribir unas primeras reflexiones. No sé si el paro siga o no, quizá da lo mismo. Y en medio de un enredijo de pensamientos, me atrevo a creer que lo sucedido, a pesar de los aciertos y desmanes, es una oportunidad.

Ha sido un paro raro, en el que se han mezclado todo tipo de intereses. Unos genuinos, de campesinos que a duras penas sobreviven, en un país que los olvidó. Otros, los solidarios, ciudadanos del común que sin agenda ni propósito oscuro quisieron solidarizarse con los campesinos, y acudieron a las calles. Y colados; transportadores y otros, que aprovechan para pedir, y ahí están, y está bien.

Pero también están los que salen a tirarse todo. Los que valiéndose de las necesidades de los campesinos buscan réditos políticos, los que ven en el paro una oportunidad para cascarle a Santos, los que con fusil buscan negociar aquí lo que no se negocia en La Habana, los que con capucha, piedra y agresión, sólo le apuestan al caos y al vandalismo, y les importa un pito el campesino.

Una mezcla extraña, difícil de deshilvanar y manejar. Ahí ha estado el Gobierno, bien o mal. Hizo mal en subestimar el paro al principio, ingenuidad o inexperiencia. Hizo bien en respetar y hacer respetar la protesta en un país donde nos habían acostumbrado a censurarla y reconocer los reclamos pertinentes de los campesinos sin arrogancia. Y en asumir una postura firme y clara contra los desadaptados, que sólo quieren el caos.

Qué pase ahora, no lo sé. Suena razonable la iniciativa del presidente de construir un pacto nacional para sustraer del olvido al sector agrario e insertarlo en el desarrollo. Una propuesta que no debe extrañar, pues pese a las metidas de pata, pocos gobiernos le han dado tanta importancia al campo, donde están las principales víctimas de la violencia, el desplazamiento y el despojo. A pocos les ha interesado tanto lo social.

Lo que no tendría sentido, en adelante, es acompañar el diálogo de más vías de hecho. En buena hora desde Tunja los campesinos ordenaron a sus seguidores desbloquear las vías. El bloqueo de vías, como el vandalismo, es una afrenta a la ciudadanía, y no debe permitirse. Por más justas que sean las causas esgrimidas; en este aspecto, el Gobierno debe ser firme. Y mandar a la cárcel, sin contemplación, a los vándalos.

Pienso finalmente en quienes murieron, y en los heridos. Me pregunto si el sacrificio de esas vidas y esos hechos dolorosos eran necesarios. Me pregunto si aprenderemos a protestar sin violencia y a hacer a un lado a quienes se aprovechan de las penurias y el dolor ajeno para sembrar el caos. Me pregunto si los vientos huracanados darán paso a una brisa de esperanza. Espero que sí. Que lo ocurrido, y que sigue ocurriendo, con lo bueno y lo malo, sea una oportunidad para lograr entre todos un mejor país.

 

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