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María Elvira Samper 26 Ene 2013 - 11:59 pm

Una sociedad enferma

María Elvira Samper

No puedo pensar en algo más monstruoso que una madre que mata a un hijo, o jóvenes que deciden quitarse la vida porque sienten que nada bueno tienen, que nada bueno les espera.

Por: María Elvira Samper
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Pero esas monstruosidades son comunes en este país de canallas y rufianes de barrio. Hace pocos días, en menos de 24 horas, un niño de 6 años y una niña de 4 murieron a manos de sus propias madres: el primero como consecuencia de una paliza y la segunda envenenada. Son apenas dos de los casos más truculentos de violencia infantil de los 106 registrados en los primeros 22 días del año. Niños menores de 17 años muertos en forma violenta, de los cuales 17 se suicidaron, según informa Medicina Legal. Ciento seis vidas truncadas prematuramente, que acaban reducidas a frías estadísticas que indican que cada año más de 600 menores mueren por causas violentas. Así fue en 2011 y en 2010 y de ahí para atrás, año tras año. Y así será este año que mal comienza.

Una situación tan dramática, a la que habría que agregar los más de 40.000 casos anuales de abusos y maltratos físicos y sicológicos contra los menores, los miles de niños abandonados y los 1,6 millones que trabajan, plantea profundos interrogantes sobre la clase de sociedad que somos. Aventuro una respuesta: somos una sociedad enferma. Enferma tiene que estar una sociedad donde no hay cultura del cuidado y aquellos que deberían estar más protegidos viven en permanente situación de riesgo. No goza de buena salud una sociedad donde abundan los padres maltratadores y los padres ausentes, y los indiferentes; y las mujeres abusadas, maltratadas, indefensas y desesperadas, las niñas convertidas en madres prematuras, los hijos no deseados. No está sana una sociedad que tolera tan altos niveles de violencia y de intemperancia con los niños, negligente y anómica, donde la justicia no opera (las investigaciones de delitos contra niños son muy pocas y no prosperan) y la impunidad se convierte en patente de corso para los victimarios; donde las leyes no se cumplen o no cumplen su función de orientar y contener el comportamiento de los ciudadanos, donde se vive la paradoja de que los lugares que, por principio, deberían ser los más seguros, el hogar y la escuela, son zonas de peligro: los principales maltratadores —los padres— tienen la llave de la casa y en las aulas el matoneo hace carrera. Una sociedad donde la indiferencia es la respuesta a realidades tan trágicas como la violencia infantil —y la violencia contra las mujeres—, es una sociedad que ha perdido el sentido de comunidad y la comunidad de propósitos. Es una sociedad enferma.

Hay millones de vidas en riesgo. Un menor maltratado es presa fácil de las pandillas barriales, de la guerrilla, de las bandas criminales, de las redes de prostitución, de las mafias del microtráfico… Razones hay de sobra, entonces, para que un fenómeno que ha adquirido dimensiones de epidemia, ocupe el centro del debate y se convierta en tema prioritario de la agenda pública. Porque no se trata de una situación aislada, del ámbito privado, sino de algo que nos compromete a todos, de solidaridad social y de políticas públicas, prioridad de los gobiernos locales y regionales, y de las agendas electorales de los políticos. Pero este tipo de problemas, de difícil solución porque implican cambios culturales y éstos requieren tiempo, no solo no dan votos, sino que suele creerse que son asuntos de mujeres y de primeras damas. Algo hay que hacer para que cada caso de abuso o maltrato de un niño no sea sepultado por el siguiente como si se tratara de algo normal, para romper la inercia con la que aceptamos lo que ocurre a diario, para vencer la indiferencia cómplice que nos revela lo enfermos que estamos, la incapacidad para la empatía, para la compasión, para el compromiso y la responsabilidad con los otros que, en este caso, son los niños.

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