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Eduardo Barajas Sandoval 3 Dic 2012 - 11:00 pm

Unas cuentas más precisas

Eduardo Barajas Sandoval

Además de no haber recibido el reconocimiento al que aspiraba en cuanto a sus derechos sobre recursos marinos, no mar territorial como se ha dicho en alarde de desconocimiento, queda claro que Colombia perdió en La Haya una batalla mediática, porque resultamos repitiendo la proclama de triunfo de Nicaragua, que no ha contado lo que le negó la Corte Internacional de Justicia con motivo del juicio en el que ella fue la demandante.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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Acostumbrados a las malas noticias, no podíamos hacer unas cuentas menos trágicas. Sobre todo cuando la sentencia tomó a todo el mundo por sorpresa, porque a lo largo de los años los que acusan a los gobiernos de no haber hecho nada, jamás hicieron tampoco de su parte admonición alguna ni el ruido de ahora sobre el asunto. Tal vez nunca llegaron a comprender su complejidad. O como es costumbre, no lo vieron como un problema cercano a nadie ni suficientemente grave todavía para que mereciera la atención nacional.

Ahora sí las islas de nuestra avanzada en el Caribe, a setecientos kilómetros de Cartagena, entraron a las encuestas, es decir que comenzaron, tardíamente, a ser tenidas en cuenta en el club excluyente al que pertenecen, según algunos encuestadores, Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, y de pronto una que otra ciudad del interior. ¡Qué sorpresa! frente a nuestra tradición de jamás preguntar la opinión de, por ejemplo, Nariño, Arauca, Amazonas o el Chocó, regiones fronterizas que, lo mismo que San Andrés, no cuentan en la isla de Bogotá sino a la hora de las desgracias. Como Panamá.

A la salida del Salón de la Academia de Derecho Internacional, donde se promulgó el fallo, los representantes de Nicaragua, apaleados en sus pretensiones fundamentales, como se puede apreciar si se lee el veredicto, y si se hubiera leído el de las excepciones previas de 2007, hicieron fiestas con lo que, según el “principio de equidad” invocado por la Corte, les quedó como adjudicado al oriente del meridiano 82, que en estricto derecho, de ahí la sentencia, solo había sido considerado por las dos partes como el extremo occidental del Archipiélago de San Andrés. Algo que en el mapa trazado ahora por la Corte sigue siendo cierto.

Curiosamente, el primer mensaje oficial que recibimos los colombianos fue el de los eufóricos nicaragüenses, para quienes cualquier metro nuevo de derechos sobre los recursos del mar, respecto de lo que Colombia reclamó por siglos, significaba una ganancia, así fuese mínima frente a sus exageradas pretensiones originales, que venían a dar muchísimo más acá, atisbando las islas del Rosario. Con la verdad de los nicas alimentando el furor de un nacionalismo emocional y sorpresivo, lleno de odio y recriminaciones entre hermanos, nada resultó más contraproducente que la demora y la falta de claridad en la respuesta del gobierno colombiano. Para no hablar de quienes aprovecharon la oportunidad para ejercer la oposición o hacer gala de una confusión alarmante de conceptos, como la de criticar a los “negociadores” de Colombia, como si a la Corte Internacional de Justicia fueran las partes a negociar.

Nicaragua iba por una extensión de espacios marítimos que llegaban frente a Cartagena. Y lo hacía con argumentos similares a los que favorecieron recientemente a Bangladesh en su pleito contra Myanmar en el Golfo de Bengala, ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar, en Hamburgo, sobre la base de la configuración de su plataforma continental. También iba por las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, y por los cayos de Serranilla, Bajonuevo, Roncador, Quitasueño, Serrana, Albuquerque y Este Sudeste. Todas esas pretensiones le fueron negadas. Y lo fueron porque la defensa colombiana pudo abatir uno a uno los argumentos invocados por los nicaragüenses y conseguir una decisión completamente a nuestro favor en esas materias.

Lo anterior hay que saberlo, para no ahondar en el sentimiento siniestro de nación siempre en derrota y no condenar irresponsablemente a defensores de Colombia, como Julio Londoño, que lleva 43 años dedicado prácticamente en solitario a la lucha por la delimitación de nuestras fronteras marítimas con Panamá, Costa Rica, Honduras, Jamaica, la República Dominicana y Haití, en el Caribe, además de Ecuador y otra vez Panamá y Costa Rica en el Pacífico. Tarea de importancia nacional en la que casi nadie ha reparado, salvo los presidentes y cancilleres de turno, los miembros de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, y uno que otro profesor universitario, jurista o tratadista interesado, así haya sido para contradecir.

Tal vez debamos hacer unas cuentas más precisas de todo esto, es decir de lo que cada parte obtuvo o perdió, enfocar nuestra inquietud hacia las particularidades del fallo y orientar nuestra acción para que se aclaren aspectos que han llevado a hacer cuentas en extremo tristes sobre las proporciones de lo que no se nos reconoció. Por ejemplo, en el Croquis Número 11, ilustrativo de la sentencia de la Corte, que muestra el trazado de nuestra frontera marítima con Nicaragua, aparece una línea que se prolonga hacia el occidente del meridiano 81 y que se denomina “Colombia/Panamá”, que ha sido entendida por muchos como el límite sur del mar adjudicado a los nicaragüenses. Aún más hacia el occidente aparece otra que claramente va más allá del meridiano 82 y hace un quiebre hacia el norte, marcada “Colombia/Costa Rica. La primera, según las convenciones del croquis, correspondería al tratado bilateral de 1976 y la segunda a uno de 1977, que no entró en vigencia.

Lo anterior introduce ambigüedad manifiesta a la hora de hacer las cuentas de lo que supuestamente perdimos frente a nuestras expectativas, marcadas por la ilusión de que el meridiano 82 constituía frontera. Porque, si según el croquis ilustrativo seguimos hasta esa longitud limitando con Panamá y si resulta ostensible que Costa Rica puede reclamar derechos en lo que ahora le habría quedado a Nicaragua, las proporciones del asunto pueden ser diferentes.

Alguien tiene que explicar todo esto porque el mapa que se inventaron con la impresión de que éramos dueños del mar a lo largo del meridiano 82, de arriba abajo, como si no existieran Honduras y Costa Rica, no aclara el asunto. Y el que nos ha mostrado siempre las islas como un enclave, en el recuadro del mapa grande de Colombia, sin que aparezcan por ningún lado los siete cayos, y sin que podamos advertir la distancia que hay hasta ellas desde nuestra costa, a través de un mar indiscutiblemente colombiano, aún a los ojos de la Corte, tampoco ayuda a tener sentido de las proporciones.

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