Por: Alfredo Molano Bravo

Uribe en la taza

El tiempo, eterno vengador, suele hacer jugarretas, pero nunca perdona. Los años pasan y pesan sin saber a qué horas. Después de la plenitud, ya en el descenso, aparecen primero los achaques: un dolorcito por aquí, una piquiña por allá. Nada grave. Inclusive se puede dejar de pagar salud. Todo se calma con agüitas. Luego, se llaman molestias y hay que cumplir las citas al odontólogo o al gastroenterólogo y aceptar que la cosa es de globulitos y pastillas. Más tarde, son dolores: en la espalda, en el cuello, en la rodilla. Es el momento de comenzar a pensar en chequeos de rutina: colas y colas que enferman, diagnósticos equívocos, recetas que no curan. Lo último ya son males francos. Los que dan a los 50 se deben curar a los 40; los de los 60 a los 50, y así sucesivamente. Poco a poco uno se va haciendo amigo de los porteros de los hospitales y de “regalarles el bracito” a las enfermeras para los exámenes de rutina.

A las mujeres les llegan las mamografías y a los hombres las visitas al urólogo. Una vez al año por lo menos, es la advertencia. El examen de los senos podrá ser aburrido y doloroso, pero no traumático como el de próstata para los varones, sobre todo para aquellos que detestan a los homosexuales y a las lesbianas, rechazan el matrimonio entre personas del mismo sexo y les da vértigo pensar siquiera en la transexualidad. Son varones de esos capaces de cortarle la cara, marica.

A esos machos les llega su hora después de que los numeritos de los exámenes químicos de la próstata comienzan a ser amenazantes. Entonces tienen que someterse a que un señor muy serio y respetable, de corbata y antiparras, los palpe con el dedo índice, con el mismo que algunos pacientes varones señalan, juzgan y dictan sentencia contra los homosexuales. Muchas veces los dos exámenes salen negativos. Todavía no, dice el urólogo, vuelva dentro de un año. Y la fecha llega y de nuevo, calzones abajo. Ahora sí, estimado amigo, hay síntomas de una hiperplasia, ojalá benigna. Y se programa la cirugía. Algunos machos alfa prefieren el quirófano a la camilla y descansan porque no habrá ya nuevos palpos. La cirugía es lo de menos, las molestias son mínimas, unos diítas de fastidio y listo. Así suele ser. Se sale de la sala de operaciones con dignidad. Todo bajo control. “La intervención quirúrgica concluyó con éxito y se cumplió de acuerdo con lo planeado”.

Lo que el paciente no calcula es que durante varios días quedará haciendo pipí a través de una sonda y que debe andar con una bolsita para arriba y para abajo. Pero bueno, no es grave. Dolerá ir al baño, pero nada más. Lo peor llega cuando se le quita al personaje la sonda, que no sintió al entrar, pero sí al salir porque pareciera que se le va el tripaje más íntimo prendido al tubito. Ahí no acaban las molestias, como el mismo expresidente y senador Uribe debe estar viviendo, porque el chorrito ya no queda igual, no tiene alcance, no saca chispas como los caballos que monta. Cae ahí mismito y para evitar que se mojen los calzoncillos, el urólogo suele sugerir que se haga “sentado en la taza, doctor. Nadie lo va a ver”. Y así, seguramente, el doctor Uribe deberá aceptar hacer pipí como una mujer, cerrando, eso sí, con tranca, el baño. No sería raro que hasta feminista se volviera el expresidente al encontrar mojado el bizcocho. Ahí, como dirían en la puerta del inferno del Dante, terminan las vanidades del macho.

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