Por: Alfredo Molano Bravo

Uvas de nuestra ira

A fines del siglo XIX, Luciano Rivera y Garrido, un gran cronista y periodista nacido en Buga, describía el valle del río Cauca con auténtica emoción: “selvas ribereñas, gruesas alfombras de un verde sombrío... vastas llanuras cubiertas de bosques, allá de pastales, acullá de caseríos... vallecitos cubiertos de sementeras, tupidos arbolados... chozas pintorescas de labriegos... luz de oro… cielo de zafiro”.

El valle del río Cauca debió de ser una selva de enormes samanes, como el que existe todavía en el ensangrentado Santander de Quilichao. Hoy todo el valle está cubierto de caña de azúcar. Seis ingenios dominan la producción. La tierra ha sido comprada o arrendada, y fumigada con glifosato para acelerar la maduración de los cañaduzales y hacer más plata en menos tiempo. Nada distinto a caña se puede cultivar. No hay un centímetro de la gran planicie donde no se cultive esa mata. No hay algodón ni arroz, como hace apenas unos años; no se cosecha yuca ni plátano. Sobra decir que ya no existen campesinos: los pájaros de Tuluá hicieron en la Violencia su criminal oficio. Tampoco hay obreros, las máquinas cortadoras de caña los reemplazaron. Por sus afamadas carreteras transitan tractomulas de seis ejes llevando cortes de caña para convertirlos en azúcar refinada, alcohol carburante y panela.

Y como ya no hay más tierra libre en el Valle para sembrar caña debido a la demanda constante de alcohol carburante —creada por ley—, los empresarios han resuelto hacer de los Llanos Orientales una sucursal de sus grandes cultivos, arrasando matas de monte, esteros, morichales, humedales, caños, sabanas; matando osos hormigueros, ocarros, dantas, chigüiros; corocoras, gabanes, tijeretos. Una verdadera invasión territorial y cultural en sociedad limitada con las empresas cultivadoras de palma africana, acacia mágnum, caucho, teca, ceiba tolúa y otras especies que son depredadoras por ser enormes monocultivos. Van avanzando llano adentro por las trochas abiertas por las compañías petroleras, precedidas por el paramilitarismo —Mapiripán, Caño Jabón, Caño Sibao— y luego protegidas por las llamadas zonas de consolidación manejadas por el Ejército. Todo un gran proyecto de desarrollo, como lo llama Ecopetrol, que cuenta, además, con la millonaria publicidad de Pacific Rubiales. El ministro de Agricultura —en realidad un representante oficioso de los azucareros del Valle— es el gran leader del megaproyecto; su embeleco: las Alianzas Productivas, una manera de transformar los pequeños y medianos propietarios en meros aparceros de nuevo tipo. El hato llanero, que más que una forma de producir era una forma de vivir, una cultura y una estructura social, está siendo destrozado. Los dueños de hato, los mayorales, mensuales, vaqueros, ordeñadores, caballiceros, topocheros, vegueros han sido sacados a las buenas o a las malas y convertidos en peones de las empresas, veintiochenos de las petroleras, rebuscadores de pueblo. Los golpes criollos —pajarito, quitapesares, seis por derecho, zumbaquezumba, quirpa— son aplastados por el ranchevallenato y el reguetón, lo que oyen los ejecutivos; la mamona, los tungos, las hayacas han sido arrinconadas por la arepa, la papa frita y la jamoneta de pavo, todo lo que comen los ingenieros. Ni qué decir del coleo, sustituido por el billar; la pesca, por las maquinitas; el caballo, por la moto. Quedarán en la memoria los cantos de vaquería. Toda esa criminal destrucción en nombre del progreso y de los bolsillos de cuatro grandes grupos aupados y financiados por el Gobierno, una condensación de mermeladas. En pocos años ya no cabrá una mata más de palma, una caña más, una teca más. El panorama es idéntico al que describió John Steinbeck —premio Pullitzer 1940 y Nobel 1962— en Las uvas de la ira: desolación, soledades y polvo en el oeste de California; hambre y puños cerrados de los desheredados por los tractores y los cultivos de maíz para fabricar corn flakes.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo