Rodrigo Lara 22 Ago 2012 - 12:23 am

Lo que va de un 'reality show' a una medalla olímpica

Rodrigo Lara

Las ocho medallas olímpicas que obtuvieron nuestros deportistas son un refrescante ejemplo de disciplina, trabajo y superación personal para una sociedad saboteada constantemente por modelos de éxito basados en valores muy diferentes a los que llevaron a la gloria a nuestros medallistas.

Por: Rodrigo Lara
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En una de sus últimas obras, Phares 24 destins, Jacques Attali señala que cada época tiende a consagrar a sus propios héroes, y de acuerdo con el modelo de éxito del momento, algunos recorridos de vida llaman la atención más que otros. “Hoy en día, las biografías más solicitadas —escribe Attali— tanto en lo escrito como en lo audiovisual, retratan caminos que conducen a la celebridad, la forma más mediocre e ilusoria de gloria...” . No le falta razón al intelectual francés; basta con un simple zapping de nuestros canales o con un vago recorrido por las librerías del país, para toparnos con obras y producciones que convierten en celebrities, en el mejor de los casos, a los protagonistas de un reality, como también a traquetos de triste recordación y anónimas prostitutas.

Recientemente, Mario Vargas Llosa publicó La civilización del espectáculo, un ensayo sobre la metamorfosis de la cultura convertida en diversión, en la que se invirtieron los valores de la literatura, la política o las artes: “la frivolidad desarma moralmente a una cultura descreída —precisa Vargas Llosa—. Socava sus valores e infiltra en su ejercicio prácticas deshonestas y, a veces, abiertamente delictivas, sin que haya para ellos ningún tipo de sanción moral”.

Los realities son un atajo para que, sin pisar las tablas, sus protagonistas de la noche a la mañana se proyecten como actores de los futuros seriados. Están diseñados para que sus personajes se dejen arrastrar por sus emociones y así explotar el morbo de millones de espectadores fascinados con la idea de escarbar en los entresijos del alma de cada uno de ellos. Están hechos para producir, a veces casual e indelicadamente, el placer que les producen a las masas las desventuras de sus protagonistas. El éxito de sus protagonistas depende en gran parte de su capacidad de supervivencia en un ámbito de situaciones a veces desdeñosas, inmoderadas y frívolas.

Algo similar ocurre con las narcoseries. Retomando a Vargas Llosa, se advierte que “...el delito, si es divertido y entretiene al gran número, se perdona”. Estas series, a pesar de que en ocasiones intentan ser fieles a la verdad histórica y se esfuerzan por resaltar la maldad de los personajes, ante la imperiosa necesidad de divertir a la audiencia y de cumplir con las obligaciones comerciales que impone el rating, logran convertir en héroe mediático al pícaro, que termina banalizándose cuando el público conoce su cotidianidad o su vida familiar.

En resumen, en estos tiempos de valores invertidos, de antiejemplos en la televisión y en la literatura de consumo, en donde el cómico es rey y en los que el atajo prima sobre el esfuerzo sostenido, se convierte en consuelo el ejemplo de vida de nuestro deportistas, sin duda un faro para una sociedad extraviada. ¡Felicitaciones a nuestros medallistas!

  • Rodrigo Lara@rodrigo_lara_ / | Elespectador.com

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