Por: Armando Montenegro

La vaina de Ospina

Es fatigante la lectura de Pa que se acabe la vaina de William Ospina.

A lo que Eduardo Escobar llamó “la mamertización de la interpretación” se une una lista interminable de quejas y acusaciones. A sus conocidos lamentos por los excesos y perversiones de la civilización occidental y el progreso capitalista que destruye lo bucólico y lo primitivo, este libro refleja el dolor del autor por todo lo que una “élite oprobiosa” le ha hecho al “pueblo” colombiano desde la Independencia hasta nuestros días.

Ospina repite, una y otra vez, que los problemas de Colombia son fruto de una fría conspiración: la falta de educación en Colombia es una decisión de los dirigentes para mantener al pueblo en la ignorancia; la guerra, las matanzas, los desplazamientos y las masacres resultan de una “estrategia del bipartidismo”; hasta el deterioro del río Magdalena es una víctima de la ceguera de la clase dirigente.

Algunas de esas quejas son harto peculiares. Dice que la insensible élite en el poder liquidó el IFI, la Caja Agraria, el Idema, entidades que “hacían parte del entorno afectivo y familiar de los colombianos” (nunca se enteró de que esos, muchas veces, fueron antros de la corrupción y el clientelismo). Se duele del desmonte de los trenes y los cables aéreos para construir carreteras y autopistas (no sabe que en los Andes son más eficientes el camión y el bus que los trenes y autoferros). Se queja de que se retiró la noble locomotora para darle paso al automóvil (en sus palabras, un “sueño consumista” de los gringos). La terminación del anacrónico pacto internacional del café, en su opinión, “fue la última víctima de la guerra de Vietnam” (dizque los norteamericanos hicieron esto para ayudar a su antiguo enemigo).

Ospina sugiere que el hecho de que las Farc hayan sobrevivido después de la caída de la Unión Soviética es un indicio de legitimidad de su lucha. No se le pasa por la cabeza que esto sucedió porque, a diferencia de otras guerrillas latinoamericanas, la de Tirofijo se enriqueció con el narcotráfico y el secuestro.

En el cuento de Ospina aparecen únicamente tragedias y tropelías. No reconoce ningún progreso. No menciona las posibilidades del proceso de paz e ignora la mejoría de las cifras de violencia de los últimos años. Su mirada selectiva desconoce los avances democráticos de la Constitución de 1991. No ve los derechos, la tutela, la libertad de cultos, la defensa de las minorías étnicas. Como en las esquemáticas obras de teatro de los años sesenta, la misma “casta oprobiosa” sigue expoliando el país de la mano del Ejército, la Iglesia católica y el embajador de Estados Unidos.

El discurso de Ospina está salpicado de nostalgia por el país campesino, su rechazo a la vida urbana y la internacionalización. Delata su preferencia por las empresas pequeñas, el agro tradicional y la economía cerrada, como la que impulsaron la Regeneración y los gobiernos de la mitad del siglo XX. De sus párrafos se desprende un cierto tufillo de romántico indignado y reaccionario.

Con su “labia nerudiana”, Ospina cae en el mismo pecado que le achaca a la dirigencia nacional: disfraza los hechos y cava una enorme brecha entre la lengua, su carreta quejumbrosa, y la realidad. Fabrica una narrativa a la medida de sus angustias, sus lamentos y sus escasas lecturas sobre la historia, la economía y otras ciencias sociales.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro