Por: Fernando Araújo Vélez

Vándalo

Yo no le di una moneda a Jayson ese día. Tampoco sabía que se llamara así. Seguí de largo para que el de atrás no me pitara, muy a pesar de que alcancé a notar su dolor y oí los gritos de su madre que lo regañaba. Era tarde. Llovía. Tenía prisa. Su dolor, pensé luego, era el dolor de los cientos de miles de niños que piden una limosna en la calle. Dolor miseria, dolor miedo, dolor hambre. Me equivoqué. Luego supe que me había equivocado, que su dolor iba más allá de lo visible y previsible, porque ese niño estaba obligado a pedir para otros, porque esos “otros” no eran sus padres, y porque sus padres ya se habían cansado de buscarlo.

Seguí mi camino aquella tarde noche, sí, e incluso salpiqué a Jayson. No sé cuántos meses después vi su foto en un periódico que lo señalaba como “vándalo”, con el alias de Platero al pie. La reseña contaba que había nacido en La Plata, Huila, que a los nueve años un amigo de su padre le había pedido que lo dejara irse con él, y que ya nunca pudo volver a verlo. Cuando pasaron los días y las semanas, la madre de Jayson puso un denuncio en la Policía, pero el denuncio fue sólo papel, uno más de los archivos que se acumulan en una estación. Pilas de hojas que son pilas de vidas que a casi nadie le importan.

Un día, el padre se fue a Brasil. Huía de sus deudas y de quienes se las cobraban al precio que fuera. Su madre salió a buscar a Jayson. Primero, en los pueblos cercanos. Garzón, Pitalito. “No, no sé nada. No lo conozco”, le respondieron quienes se atrevieron a hablarle. Por fin, una señora le dijo que lo había visto por alguna calle en Bogotá. Desde entonces, concluyó el diario, Platero se había dedicado a pedir en la calle, a robar, “y a hacer parte de los grupos de vándalos que con sus actos de violencia atentan contra la seguridad y las instituciones de la patria”.

En precisiones off the record, y luego de buscarlo durante varias semanas, culpa y curiosidad mezcladas, el autor de la nota me contó después que era una orden superior relacionar a la gente de la calle con el vandalismo. “Pidió y robó, por supuesto”, me aclaró el periodista, “pero lo que conseguía debía entregárselo a su madre ficticia, que a su vez le daba un alto porcentaje a un señor a quien apodaban El Cojo, quien le rendía cuentas a otro”.

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