Por: Julio César Londoño

Variaciones sobre la embriaguez

Acabo de leer el que puede ser el libro colombiano más importante de 2012: Variaciones sobre la embriaguez, de Iván Olano Duque.

Publicado por la editorial independiente Hombre Nuevo Editores, es una compilación de ensayos sobre arte y literatura escritos en una prosa exacta y delicada a la vez. Me decidí a leerlo porque el autor demuestra en el prólogo que la poética del género no tiene secretos para él: El ensayo, nos dice citando a Jaime Alberto Vélez, es una voz que piensa, que conversa, que no puede perder su “carácter imaginativo, libre y personal; que no comunica la verdad sino su búsqueda”. Luego Olano precisa: “Es un método menos axiomático que dubitativo y conjetural, menos una argumentación sólida y rectilínea que una leve y sinuosa”, y cierra con una frase que vale por siete Montaignes: “Es un diálogo con la duda, una reflexión sobre el papel, no anterior al papel”.

Quizá porque aborda asuntos de varias artes con un fraseo muy terso, William Ospina dice que estamos ante “un estilo a ratos escultórico, a ratos pictórico, a ratos arquitectónico, pero siempre musical”.

La contraportada nos da el sumario: “El aedo y los colores, el ensayo que abre el libro, indaga el viejo supuesto de la correspondencia de las artes, de un origen, un desarrollo y un destino común; Círculos y variaciones, que vuelve sobre el eterno retorno, es un divertimento metafísico antes que un aplicado razonamiento: un plagio más a Borges; El ruiseñor y la alondra, inspirado en un diálogo de Romeo y Julieta en el balcón sobre el jardín de los Capuleto, sostiene que la apreciación estética es hija de la memoria y el deseo; La locomotora y el silencio contiene una meditación sobre el diálogo entre el arte, la tecnología y la cultura del siglo XX, las vanguardias que nacieron en un mundo que se desmoronaba; el último ensayo, Irás errante por las soledades, entiende la soledad como una suerte de embriaguez, gira alrededor de Leonardo da Vinci, Goethe y Hölderlin, interroga el mito de Fausto e ilustra los desafíos del artista creador”.

Existe un feroz retruécano inglés contra el ensayo: “La mayoría de las ideas buenas de estos libros no son originales, y las originales no son buenas”. El libro de Olano sabe eludir esta maldición. También sabe, como Esquilo, que no hay nada más vano que la pretensión de ser original, “que todos vivimos de las sobras del gran festín de Homero”. Que la especulación es la piedra de toque del ensayo, como la imaginación lo es de la narrativa. Sabe, como cualquier griego, que lo bello es lo verdadero, es decir, que escribir bien es tanto un método como un arte. Tiene la cortesía de sustentar sus enumeraciones, en lugar de hacer retahílas de nombres célebres. Mira a Europa, claro, pero no le es ajena la cultura del Océano Pacífico. Camina con desenfado por los laberintos de la Antigüedad pero es, como todos los hombres, un hijo de su tiempo, uno que anda por estas calles, lee grafitis, cuadros sin figuras y músicas de extrañas armonías. Uno que respeta la manera como afina su instrumento el músico europeo, su oído matemático, la búsqueda de una altura precisa y predeterminada, sin que eso le impida admirar el intuitivo método del Pacífico, la manera como afina su cununo un músico de Guapi, como busca con paciencia un único color, ese capaz de traducir exactamente las ansiedades del alma y los endriagos de la mente.

Yo saludo la aparición de un libro de ensayos en un país, en un mundo que subestima semejante género. Que el libro sea una fiesta de erudición, es un regalo. Que la erudición sea un insumo, un punto de partida, no de llegada, es un acierto notable. Que su autor sea muy joven en un género propio de autores maduros, es una anomalía inexplicable y feliz.

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