Por: Juan Carlos Botero

Vasari

Qué época, Dios mío. En medio de las guerras, las atrocidades, el hambre y las infinitas zozobras y durezas de la vida diaria, el Renacimiento fue un período de una riqueza artística, filosófica, científica, económica, arquitectónica y literaria sólo comparable a los mejores siglos de la Grecia antigua.

Son famosos sus exponentes más célebres y destacados, como Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, pero otro de sus creadores más interesantes y polifacéticos fue Giorgio Vasari, nacido en 1511 en Arezzo y muerto en 1574 en Florencia, la ciudad en donde dejaría una huella imposible de borrar.

Vasari fue uno de esos hombres de múltiples talentos que solemos asociar con el Renacimiento: pintor, pensador, escritor, arquitecto, coleccionista de arte e historiador. Considerado el primer historiador de arte, su libro más famoso fue Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos italianos. Empezando con Cimabue, el libro presenta una serie de retratos biográficos de los mejores creadores de su tiempo, y está atestado de anécdotas graciosas y fascinantes, como la vez que Giotto, para demostrar ante el papa su talento como artista, bastó que tomara una hoja de papel y trazara un círculo con un lápiz rojo, y la destreza del trazo fue tan perfecta que parecía hecho con un compás, dejando en claro su maestría. O la vez que el joven Giotto, socarrón, pintó una mosca en un cuadro de su maestro Cimabue, y al viejo le pareció tan real que la trató de apartar con la mano.

Como pintor, Vasari compuso varios cuadros y frescos de renombre, incluyendo la bóveda del Duomo de Santa María del Fiore (famosamente construido por Brunelleschi sin andamios), más el inmenso mural que se encuentra en el salón de los Quinientos en el Palazzo Vecchio de Florencia. Su estilo es más manierista que renacentista, y el artista no tuvo el genio de Miguel Ángel ni el duende de Leonardo, pues su pintura carece del equilibrio formal y de la sutil exquisitez que caracteriza el arte clásico de esos maestros, pero sus obras siguen siendo importantes.

No obstante, quizás el mayor aporte de Vasari fue como arquitecto, y entre sus obras más perdurables sobresale el Uffizi, las oficinas de gobierno de Florencia, hoy uno de los museos más importantes del mundo, la Loggia vecina con las bellas esculturas de Cellini y Giambologna, y el magnífico Corridoio Vasariano. Este extenso y sobrio corredor, que mide casi un kilómetro de largo, conecta el Palacio Pitti, en donde vivía la familia real, con el Uffizi y el centro de gobierno, y se construyó en 1565 para que Cosme I de Medici se pudiera trasladar de un palacio a otro sin necesidad de toda su tropa de guardia, y sin tener que mezclarse con el pueblo que, sin saberlo, seguía con sus labores abajo, en el Ponte Vecchio y en las ruidosas calles de la ciudad. El elevado corredor pasa encima del río Arno, atraviesa una iglesia, rodea la torre de una casa privada, y está lleno de autorretratos de los maestros de la pintura, como Tiziano, Tintoretto, Ingres, Corot y Delacroix.

Es un milagro que, después de tantos años y de tantas guerras, terremotos, inundaciones y azares del destino, estas obras increíbles siguen intactas, abiertas al público, y dispuestas a revelar sus riquezas con grandeza y generosidad. Gracias, Vasari.

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