Por: Francisco Gutiérrez Sanín

A veces llegan cartas...

Definitivamente, Luis Carlos Restrepo es un mago. No solamente logró comunicarse por telepatía con José Obdulio Gaviria, sino que obligó a usar el cerebro a Pachito Santos (“Nos tiene pensando la carta de Restrepo”, afirma en El Tiempo de ayer), lo que ya es un logro mayor. Pero, independientemente de sus habilidades de taumaturgo, el fugitivo exconsejero de Paz tiene razón.

Tiene razón en general. La oposición a las negociaciones entre el Gobierno y las Farc, sin presentar ninguna otra alternativa al puro uso de la fuerza, es una irresponsabilidad. Tiene razón en particular. Al concentrarse en programas puramente negativos, los dirigentes del Centro Democrático (ya se quitaron la autocaracterización de “puros”, lo que, todo hay que decirlo, también es adecuado) están haciendo política extremista, que es la que les gusta, pero a la vez se están poniendo en una sin salida. El problema para ellos es el siguiente. Por un lado, tienen a su gran caudillo, que es en efecto un extraordinario comunicador. Por otro, tienen muy poquito más. Parte de la fidelidad canina que exhibe el círculo íntimo de Uribe hacia el gran líder proviene de la aguda consciencia de que sin él no sería nada.

Ahora bien: no es claro que Uribe quiera o pueda presentarse a un próximo torneo electoral. Su situación —comenzando por la judicial— es inestable, y no es seguro que decida asumir los riesgos que implica bajarse de ese pedestal que hace que nuestros expresidentes sean casi intocables. A propósito, me sorprendió mucho que la misma persona que pidió a los gritos a los parapolíticos “voten por mí mientras no estén en la cárcel”, ahora exprese su preocupación porque se abra la posibilidad de que “matones” vayan al parlamento. Como fuere, no está garantizado que Uribe participe en la liza parlamentaria que se acerca. Si no va él, todo cambia. Pues, de la misma manera que la experiencia electoral y las encuestas nos reiteran una y otra vez su enorme capacidad de convocatoria, las mismas fuentes dicen con la misma elocuencia que es incapaz de endosar un solo voto. No sólo eso, sino que además desorganiza y desestabiliza las coaliciones de aquellos a quienes apoya. El anverso de los éxitos de Uribe es el fracaso reiterado de los uribistas: ni en su tierra natal, Antioquia, pudo el presidente ganadero imponerse por interpuesta persona.

Frente a esto, el Centro Democrático tiene en esencia dos opciones. Una, apostarle a una asamblea constituyente que refunde la patria, garantice una ristra de impunidades al jefe y sus amigos, y avale la reelección indefinida. Esta ruta fue presentada a la opinión hace unos meses, y estoy seguro de que no ha salido de la carpeta de alternativas del uribismo. La otra, moverse algo hacia el centro, operar a través de políticos ya establecidos, y crear un liderazgo que tenga vuelo propio. Esto, a su vez, implica presentar propuestas a la opinión, y no limitarse a la agitación del odio y la promoción de los escándalos. Lo curioso —y lo que muestra de nuevo que la vida pública es el mejor ironista que pueda encontrarse— es que ambas vías tienen mejor futuro con el proceso de paz en curso que sin él. Creo que sería un terrible error asociar el actual proceso de paz a una constituyente, pero, ya ven ustedes, eso está en la agenda. Y si se piensa en un nuevo grupo de centroderecha con propuestas, pues la paz abre el abanico de posibilidades para todos.

Así que en este caso, Restrepo dio en el blanco. Y puso a pensar a Pachito Santos. Un acierto y un milagro: no es poco.

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