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Fernando Araújo Vélez 8 Jun 2013 - 10:00 pm

Con veinte años de odio acumulado

Fernando Araújo Vélez

“No tiene sentido del humor”, sentenciaron y concluyeron, como dioses, un abogado y un agente de la Policía que acababan de terminar un informe sobre Catalina Suárez. “No tiene sentido del humor”, se dijeron uno al otro, en tono grave, como para asegurarlo, como para que el “sí” de uno le diera fuerza al “sí” del otro.

Por: Fernando Araújo Vélez
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La habían escuchado en una profusa indagatoria en la que habían sobrado muchas preguntas y habían faltado otras, y habían transcrito, como autómatas, sus palabras. La señora Suárez se había declarado culpable del asesinato de su padrastro, León Gutiérrez, 24 horas antes. Entonces, acudió a la comisaría 34 y dijo, simplemente, que era culpable de haber matado a un hombre. Que por favor enviaran a alguien para verificar su testimonio y llevarse el cadáver. La incomunicaron, la esposaron, aunque luego comprendieron que no era necesario; le leyeron sus derechos, la llevaron a una celda y al día siguiente abrieron oficialmente la investigación con sus declaraciones juramentadas.

Su crimen fue meditado, largamente meditado. El último impulso le surgió de una frase que se encontró en un libro perdido, según la cual, matar liberaba. Cuando le preguntaron quién era el autor, respondió que no lo recordaba, y que eso no tenía mayor importancia, que lo realmente trascendente y esencial era que León Gutiérrez estuviera muerto. “Eso no le corresponde determinarlo a usted”, la interrumpió el abogado. Ella miró hacia un rincón, levantó los hombros y continuó con su exposición de motivos. Contó que el señor Gutiérrez había conocido a su mamá cuando ella era aún muy niña. Que al principio le llevaba dulces y regalos, pero luego, antes de cumplir 10 años, un domingo, la dejó encerrada en un cuarto oscuro con dos pedazos de panela, “pues debo hacer unas diligencias con tu mamá y no sabemos a qué hora volveremos, y si no te encerramos con llave, tú podrías escaparte”. La niña no volvió a ver a su madre.

Cuando se atrevía a preguntar por ella, su padrastro le contestaba que estaba de viaje, y entonces pasaron los años, y transcurrieron decenas de cientos de encierros más, siempre con panela, y en las noches, decenas de cientos de manoseos, de ultrajes, de gritos y bofetones, de órdenes. La niña fue adolescente, y la adolescente, mujer. Quedó embarazada, pero su hijo nació muerto. Ella aclaró que debió haber sido por las reiteradas golpizas. El agente de la Policía le pidió que no interpretara. “Cuando me repuse de la pérdida, me escapé por una ventana una noche en la que León había llegado borracho. Le saqué las llaves del bolsillo y salí a correr”. Pasados unos días, leyó la frase que la motivó a asesinar a León Gutiérrez. Lo hizo un domingo, con 20 años de odio acumulado. “Fue una masacre”, aclaró. Y sonrió. 

  • Fernando Araujo Vélez | Elespectador.com

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