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Miguel Ángel Bastenier 5 Ene 2013 - 11:00 pm

Venezuela ya no será nunca la misma

Miguel Ángel Bastenier

Con Hugo Chávez en lo que a cualquier observador tiene que parecerle su última batalla, es posible pergeñar una apreciación de persona y obra. Ni canonizable ni diabólico, ni culto ni ignorante, castrista pero no cubano-marxista, ni de derechas ni de izquierdas, aparentemente católico, pero cuando se tercia también protestante, el presidente venezolano es un fenómeno único en su género. Difícilmente su país volverá a ser el mismo, le suceda quien le suceda dentro del chavismo, gane o no un día las elecciones la oposición, o incluso si el propio líder bolivariano renace de un lecho de hospital cubano. El chavismo según Chávez, como el gaullismo con el general De Gaulle, es irrepetible.

Por: Miguel Ángel Bastenier
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Sus mejores intenciones son indiscutibles. Su deseo de construir un país en el que los no favorecidos tengan su parte en la distribución de la riqueza, se niegan a verlo sólo los profundamente sectarios. Y así lo reconoce con su voto un sector notable de la ciudadanía que entiende que antes de Chávez no existía, como me confesó un chofer negro que un importante diario caraqueño había puesto a mi disposición hace unos años. Su crítica de la democracia occidental, difusa, confusa, profusa, no le lleva hasta propugnar su liquidación, sino, más bien, a conseguir que ese marco de relativo pluralismo no entorpezca la transformación del país que pretende el primer chavista. Una transformación que, si persigue objetivos relativamente definidos, carece, en cambio, de plan e itinerario para alcanzarlos. Chávez no ha querido acabar con la democracia; sólo hacer que se plegara a sus deseos, y que así lo ratificaran las urnas. Aún más, la diatriba que determinados periódicos desgranan incesantemente contra su persona es una magnífica coartada para que la Internacional del Chavismo, con poderosos y sinceros apoyos en el exterior, proclame incansable que Venezuela es una democracia con todas las de la ley.

Pero si una transformación, a la que llamaremos revolución para no negar a nadie el derecho a autobautizarse, carece de los medios técnicos y profesionales para llegar a término, el caos, la corrupción y la violencia suelen ser el premio que aguarda a la vuelta de la esquina. Chávez quiere domesticar al capitalismo hasta hacerlo su seguro servidor, con la ayuda de una milicia técnica cubana que no sabe nada de capitalismo y menos de democracia, y de un ejército venezolano que lo sabe todo de capitalismo —especialmente de cómo beneficiarse del mismo—, y que se desentiende de la democracia para sacrificar lo que sea al triunfo de la revolución, que es lo que le ha permitido llegar al poder.

Veinte militares o exmilitares encabezan hoy la gobernación de otros tantos estados (departamentos) de Venezuela; buena parte de la plana mayor de las Fuerzas Armadas sirve en puestos civiles bien remunerados; y todos los profesionales de la milicia viven mejor que en cualquier otra época de su historia, cortesía del barril de crudo a 103 dólares, última cotización. Y el personal técnico civil, que en un país donde el maná petrolífero empezó ya a brotar en los años 20 es numeroso y cualificado, se divide entre la oposición al régimen, el exilio laboral, y una evidente falta de fervor que le impide acceder a puestos de responsabilidad.

Se ha dicho que la presencia de numerosos militares cubanos, sobre todo en misiones de información y control ciudadano, era un grave irritante para las FF.AA., pero puede molestar a lo sumo a los mandos intermedios y aún, porque la evidencia de que todos acabarán por irse y el propio relevo de los oficiales in situ impide que hagan carrera en Venezuela. Lo que Chávez ha querido construir es un Estado en el que las cartas estén dispuestas de maneras que el régimen nunca pueda perder, incluso electoralmente, como se dice que la democracia occidental tiene el “solitario” fabricado en sentido contrario. Y el guardián de ese experimento, el que controla el crédito, los límites a las libertades existentes, y el supremo recurso a la fuerza, es el Ejército. Por ello, el sucesor del líder bolivariano será quien decida el Ejército; quien le dé, probablemente, mayores garantías de seguridad, permanencia y goce de bienes terrenales. ¿Mauro, presunto jefe del ala civilista del sistema? ¿Cabello, el mejor situado con las FF.AA. y que ahora ve en posiciones de mando supremo a sus compañeros de promoción? ¿Una junta militar, sin intermediario al efecto?

Pero ese chavismo en el poder será otra cosa porque el carisma del líder estentóreo es de difícil transubstanciación. ¿Negociaría Maduro con la oposición, preservando o ampliando los márgenes de libertad democrática?; ¿preferirá Cabello un régimen con menos afeites pluralistas? Teodoro Petkoff, la eminencia gris de la oposición, que ha sustentado lealmente la opción de Henrique Capriles Radonski, aun reconociendo en privado que como tribuno era mediocre, cree en un futuro democrático a la occidental, aunque no esté a la vuelta de la esquina. Pero el chavismo sin Chávez no ha hecho nada por institucionalizarse y los populismos nacionalistas nunca han creado dinastías exitosas. El 10 de enero, fecha oficial para la toma de posesión del nuevo presidente, sabremos algo mejor a qué juegan los presuntos sucesores del gran líder.

 

 

*M. A. BASTENIER/Columnista de ‘El País’ de España.

 

  • M. A. BASTENIER** Columnista de ‘El País’ de España. / | Elespectador.com

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