Por: Felipe Restrepo Pombo

La venganza de los nerds

EN ESTADOS UNIDOS, DE VEZ EN cuando, la ficción y la realidad se confunden.

La industria del entretenimiento es tan poderosa que, por momentos, los estadounidenses no recuerdan si vieron una historia en cine o en los noticieros. Acaba de ocurrir con la vida y obra de Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

Zuckerberg siempre ha sido un personaje enigmático pero, desde el estreno de Red social —la película que narra cómo creó su multimillonario imperio mediático—, se convirtió en un mito pop. La cinta, dirigida por el talentoso David Fincher y escrita —impecablemente— por Aaron Sorkin, ha generado controversia. A pesar de que los críticos la consideran una joya y que hoy se llevará varios Oscar, el público siente que está sobrevalorada. He escuchado a algunos espectadores sorprendidos por su éxito. Sin embargo, creo que —como ha ocurrido con tantas otras películas incomprendidas— Red social se convertirá en un clásico y será recordada como una cinta que definió su época.

 Cuando empezaron los rumores sobre el rodaje de una producción acerca del nacimiento de Facebook, las reacciones fueron escépticas: muchos pensaron que se trataba de un caso demasiado reciente. Pero Fincher, Sorkin y su equipo lograron una asombrosa distancia sobre los hechos. Diseccionaron el fenómeno de Facebook como si éste hubiera ocurrido hace varias décadas.

Una vez estrenada, Red social empezó a levantar ampolla. Sus contradictores —en particular las personas involucradas en la historia real— la descalificaron. Zuckerberg dijo en una conferencia en Stanford: “Hicieron algunas cosas bien. Todas las camisetas y suéteres que aparecen las tengo en la vida real”. Pero, creo, ese no es el punto. En Red social no importa la precisión de los datos porque es la interpretación de un caso real. No es un reportaje riguroso: es una alegoría de lo que significan en nuestra sociedad personajes como Mark Zuckerberg.

En ese sentido, plantea varios temas incómodos. El primero es cómo una persona con capacidades sociales muy limitadas —parece que Zuckerberg tuviera el síndrome de Asperger— inventó la herramienta de comunicación más importante de la década pasada. Y no sólo eso: la creó motivado por un profundo narcisismo y egoísmo. Facebook, la página que 500 millones de personas en el planeta utilizan para hacer amigos, es la invención de un nerd arribista quien, para diseñarla, traicionó a sus pocas amistades.

 Últimamente muchos analistas dicen que Facebook es la plataforma de información más poderosa que existe. Dudo que esto sea todavía cierto. Es verdad que en el caso de Egipto fue una herramienta fundamental. Pero, desde sus inicios —como lo muestra Red social— el 90% de los datos que circulan por ahí son banales (por cierto, ¿Facebook cambió el mundo o sólo nos enseñó lo cursis que podemos llegar a ser?). Twitter, Tumblr o Foursquare —por sólo mencionar algunas de las posibilidades de microblogging que existen— son mucho más interesantes. Y en un par de años harán ver a Facebook como un dinosaurio obsoleto.

Red social es el retrato de una generación solitaria, con prioridades y valores retorcidos. Que, como el personaje de Mark Zuckerberg en la última secuencia de la película, está incomunicada. Y que busca las respuestas en el lugar equivocado: frente al resplandor intenso de una pantalla.

Twitter: @felres

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