Por: José Fernando Isaza

La venganza no es una política

Hay presidentes que logran sanar heridas y avanzar en procesos de integración nacional, a pesar de haber sufrido en carne propia golpes de sus antagonistas.

Mandela prometió y cumplió que su país sería tierra de todos y no volvería jamás a ser un paria en la sociedad de naciones. No fue su derrotero vengarse de quienes lo torturaron y mantuvieron en prisión durante gran parte de su vida. Su política fue verdad y reconciliación. No hizo distinción entre quienes violaron los derechos humanos, fueran los que lo vejaron o sus aliados. Actuó como un estadista. El director Hooper describe en la película Tierra roja un complejo juicio de verdad y perdón en un lejano paraje sudafricano, que permite entender ese delicado y exitoso proceso.

El periodista filipino Benigno Aquino, esposo de Cory, fue asesinado por el régimen de Marcos. Su viuda alcanzó la presidencia, a pesar de los intentos de golpe de Estado por parte de seguidores de Marcos, y no la dedicó a vengarse de los asesinos de su esposo sino a crear una Filipinas más democrática.

El padre de Michelle Bachelet, comandante de la Fuerza Aérea, Alberto, fue asesinado por el gobierno de Pinochet por haber pertenecido a la Unidad Popular. Ella también fue detenida y torturada. Como ministra de Defensa logró el acercamiento entre las víctimas y las Fuerzas Armadas y la decisión de éstas de someterse al poder civil. En la isla Dawson, prisión pinochetista, en una conmemoración entre víctimas de la represión y el Ejército, el comandante de las Fuerzas Armadas proclamó el “Nunca más”, un acto valiente de arrepentimiento.

Violeta Chamorro, esposa del periodista Joaquín, asesinado por el gobierno de Somoza, llegó a la presidencia después de un difícil gobierno del Frente Sandinista (FSLN), acosado por los contras que contaban con el apoyo de Reagan. La corrupción en las filas del FSLN debilitó su legitimidad. Los hijos de Violeta militaban en distintos sectores aún enfrentados por las armas; se reunían en la casa materna. La política de Chamorro no fue de venganza, sino de buscar que todos los nicaragüenses pudieran convivir como lo hacía su familia.

Diferente es la situación de Colombia. El anterior presidente parecía actuar más como víctima que como estadista; buscó, sin éxito, exterminar al grupo armado ilegal que asesinó a su padre. Como hombre público mostró menos rigor con otros grupos ilegales, que en su momento fueron comandados por otra víctima de la guerrilla. Negoció con terroristas, y hubo zona de despeje. Es cierto que los jefes fueron extraditados por falta de colaboración con la política de verdad y reparación, pero, por coincidencia, el envío de los cabecillas a los Estados Unidos se produjo al iniciar las denuncias, hoy reiteradas, incómodas para su administración.

Se opone al proceso de paz iniciado por el actual presidente, argumentando, que se negocia con terroristas. Es cierto que la guerrilla realiza actos de terrorismos que violan el derecho humanitario, pero parece olvidar los actos de terrorismo de las autodefensas con las que negoció. No es sano para una democracia hacer prevalecer los sentimientos privados en el ámbito de lo público.

Hay que apostarle al éxito del proceso de paz con las Farc. Muchos y muy desagradables esfuerzos deberán hacerse para reparar, recordar y así lograr que la política no se realice con las armas.

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