Por: Klaus Ziegler

Venganza y justicia

"Se ha hecho justicia", fueron las palabras del presidente Obama tras los asesinatos de Bin Laden, uno de sus hijos, una de sus esposas y al menos otros dos hombres.

El portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, explicó que el terrorista más buscado del mundo no estaba armado en el momento en que recibió el disparo mortal, que entró por encima de su ojo izquierdo y le voló los sesos. En medio de declaraciones confusas y contradictorias, se alega que veinticinco comandos élite de las fuerzas especiales fueron incapaces de capturarlo vivo, a pesar de que la resistencia fue casi nula.

Al pronunciar esas palabras, Obama, un experto en derecho constitucional, parece ignorar que el asesinato selectivo viola los principios más básicos de la ley internacional. Y olvida que aun dentro del marco jurídico de su propio país, estas acciones fueron proscritas por orden ejecutiva desde mediados de la década de 1970, por Gerald Ford, tras enterarse de la muerte de varios líderes extranjeros a manos de agentes de la CIA.

En 1998, el Relator Especial de las Naciones Unidas señaló: "Las ejecuciones extrajudiciales no se justifican bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en tiempos de guerra". No obstante, estas prácticas, así como las detenciones indefinidas sin derecho a juicio, e incluso la tortura, se ejercen hoy sin el menor recato como parte del legado criminal de George W. Bush, del cual Obama ha sido continuador. Durante el año pasado su gobierno llevó a cabo más de cien operaciones con aviones teledirigidos que, según la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán, causaron la muerte de 957 civiles. Y en lo corrido de este año, además del asesinato de Bin Laden, varios ataques similares acabaron con la vida de sesenta personas sospechosas de ser militantes de Al Qaeda.

Para la mayoría de los norteamericanos, y con más razón para los familiares de las víctimas de los criminales atentados de Bin Laden, el asesinato del cabecilla de Al Qaeda tiene plena justificación, sin importarles en lo más mínimo que viole o no el derecho internacional. De hecho, no son pocos los que le hubiesen deseado un final atroz en lugar de una muerte instantánea, producto de una bala que de tajo le destrozó el cráneo. Después de todo, no hay humano que no lleve dentro de sí ese sentimiento que no encuentra alivio hasta no haber acabado con el ofensor y haber vengado sus agravios. Las palabras “se ha hecho justicia” en realidad significan “cobramos venganza”, impronunciables, pero evidentes. No es gratuito que “ajusticiar” y “vengar” sean casi sinónimos.

“Pondré en práctica toda la vileza que he aprendido y malo será que no supere a mis maestros”, premedita con insidia su cruel venganza el avaricioso personaje de Shakespeare. Y en el Levítico se lee: “Si alguno causare una herida a otro, según hizo él, así se le hará; fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente”.

Como tantos otros sentimientos humanos, la venganza es una antigua adquisición evolutiva incorporada en nuestra psiquis desde tiempos inmemoriales, un atavismo que emana de lo profundo del sistema límbico; un agente disuasivo previo a todos los códigos penales: el miedo a una venganza violenta que no mide consecuencias es la única ley omnipresente e inmutable. Quien toma venganza siente que debe infligir un daño mayor al recibido, “dos ojo por cada ojo”, “dos dientes por cada diente”. La terrible pasión ha sido causa de innumerables espirales de odios, represalias, retaliaciones y guerras interminables que plagan la breve pero brutal historia del Homo sapiens sobre la Tierra. Y sigue siendo el juez supremo, el responsable de que aún se consienta la pena capital, ese artificio soterrado cuyo verdadero propósito es satisfacer una sed colectiva de venganza.

Suponemos, sin embargo, que buena parte de aquello que llamamos civilización ha consistido en una larga lucha por mitigar y racionalizar esas pasiones primitivas que afloran desde los más siniestros lugares de nuestra psiquis. Con el precepto “obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal", Kant propone un simple aunque vigoroso canon moral; sin embargo, un principio que muy pocos estarían dispuestos a respetar.

La violación del principio kantiano por parte del país más poderoso del Planeta es manifiesta: en julio de 2001, el embajador de Estados Unidos denunció la política israelí de asesinatos selectivos, llamados eufemísticamente "operaciones preventivas". Expresó que su gobierno es enfático en no apoyar acciones que no son otra cosa que francas ejecuciones extrajudiciales: las mismas que hoy practica su gobierno sin la menor reserva. El lingüista y analista político Noam Chomsky pregunta: “¿Cómo reaccionaríamos si comandos Iraquíes aterrizaran en la casa de George W. Bush, lo asesinaran y arrojaran su cuerpo en el Atlántico? Sin discusión, sus crímenes exceden vastamente los de Bin Laden”.

Quienes como Bush creen que hay circunstancias que justifican el asesinato selectivo, la tortura, o la detención indefinida sin derecho a juicio, cuando se trate de nuestros peores enemigos, deberían recordar las palabras de hombres de la estatura moral de Robert H. Jackson, miembro de la Corte Suprema y fiscal jefe del Tribunal de Crímenes de Guerra de Núremberg, quien, no obstante las atrocidades cometidas por los Nazis, tuvo valor y serenidad al expresar: "Podríamos castigar de otro modo, sin juicio previo, pero las ejecuciones y castigos indiscriminados sin pruebas definitivas de culpa podrían no asentarse con facilidad en la conciencia de los estadounidenses, ni ser recordadas con orgullo por las generaciones futuras”.
 

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