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Mauricio Botero Caicedo 5 Ene 2013 - 11:00 pm

¡Que la verdad no sea otra víctima! II

Mauricio Botero Caicedo

EN NUESTRA COLUMNA DE LA SEmana pasada reseñábamos el artículo de León Valencia publicado en Semana el 17 de diciembre pasado, artículo que no obstante contener algunas imprecisiones, aporta verdades incontrovertibles: “Está demostrado que la pequeña y mediana producción campesina, acompañada de seguridad, de créditos, de asistencia técnica y de redes de comercialización, es abiertamente competitiva y puede generar mucho más empleo que la gran empresa agrícola”. Sobre esta observación de Valencia caben dos comentarios: primero, el nivel de empleo no lo determina la extensión del terreno, sino el tipo de cultivo y el nivel de mecanización, especialmente en la cosecha.

Por: Mauricio Botero Caicedo
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Segundo, todos los ‘acompañamientos’ señalados son importantes, mas hay uno que no menciona Valencia, que es la infraestructura. Para ilustrar la importancia de la infraestructura, un amigo me relataba que les preguntó a unos agricultores ecuatorianos por qué un país de pequeños y medianos agricultores como Ecuador no sólo logra autoabastecerse, sino exportar buena parte de su producción, inundando a Colombia —cuando las circunstancias de mercado son propicias— de arroz y soya. La contestación de los ecuatorianos fue concisa e inequívoca: “carreteras”. ¿Y por qué las carreteras son vitales? El agricultor, sea pequeño, mediano o grande, puede tener seguridad, créditos y asistencia técnica; pero si no tiene forma rentable de entrar los insumos y sacar su producto, sobran todos los otros ‘acompañamientos’, incluyendo las redes de comercialización. Su actividad se limitará a la agricultura de subsistencia.

Los particulares pueden aportar crédito, asistencia y redes de comercialización, pero es el Estado (casi de manera exclusiva) el que debe y puede aportar seguridad, carreteras y redes eléctricas. Para quien escribe esta nota es un misterio el que tanto la insurgencia como la inmensa mayoría de las asociaciones de pequeños agricultores se concentren en exigirle al Estado modificar la tenencia de la tierra, cuando en realidad este no es el problema de fondo: las enormes carencias del agro colombiano radican más en la deficiente infraestructura del sector rural que en la tenencia. El gobierno, a un costo importante para la ‘institucionalidad’ y la ‘seguridad jurídica’, podría por medio de leyes y decretos modificar la estructura, aunque fuera de manera arbitraria y parcial, de la tenencia de la tierra. De ser así, como dice el ‘argot’ popular, la estaría ‘sacando barata’. Por el contario, si se le exige al Estado un compromiso irreversible de cumplir con las necesidades de infraestructura para el desarrollo agrícola, especialmente en aquellas zonas denominadas ‘nuevas fronteras agrícolas’, al gobierno le toca ‘meterse la mano al dril’ e implementar una serie de proyectos viales que coloquen a Colombia, como mínimo, en los niveles de Ecuador.

Valencia, indisponiéndose con casi la totalidad de la ‘mamertocracia’ nacional, señala: “Pero también está demostrado que en algunos renglones de la agricultura es obligatoria una alta inversión de capital y la conformación de grandes empresas para resolver la creciente demanda alimentaria, jalonar el producto interno bruto y propiciar la modernización del campo… También es imprescindible una alianza… para estructurar un modelo que combine el impulso a la pequeña y mediana producción campesina con el desarrollo de la gran empresa agrícola…”. Doble a sencillo que de negociarse exclusivamente la tenencia de la tierra y no la infraestructura rural seremos cada día más dependientes de los agricultores estadounidenses y argentinos; y más inseguros desde el punto de vista alimentario. Las alianzas no pasarán de ser un semillero de frustraciones, o terminarán, en palabras del mismo Valencia, en una “lista de recomendaciones tan farragosas como inocuas”.

  • Mauricio Botero Caicedo | Elespectador.com

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