Por: Juan David Ochoa

La verdad y el miedo

Vuelven a sonar los vientos y las voces polémicas desde Caracas. Las anécdotas de pájaros que hablaban encarnados por difuntos míticos pasaron a planos secundarios, como pasaron los gazapos lingüísticos ante las cámaras y los micrófonos del mundo.

También las alusiones reiteradas a la guía preferencial del dios cristiano sobre el rumbo del futuro socialista mutaron en simples anécdotas intrascendentes.

Los vientos y las voces que retumban ahora son más duras, y hacen pensar que el huracán del despotismo empieza reinventar su tragedia. Maduro solicita recurrentemente las medidas drásticas contra la corrupción. Y valga el uso eufemístico de la palabra “drástica” en su rústica jerga para entender lo que sugiere y alcanza. Ahora obliga, impajaritablemente, a la diaria emisión de un “noticiero de la verdad” para exponer la gracia relegada por los presuntos rencores del fascismo.

Lo irrisorio en la notica no es el tono altivo y contrastado en su evidente falta de carácter. Lo irrisorio es la vieja ingenuidad de encasquetarse la palabra Verdad para inyectarle convicción a su discurso redundante y vacuo, como lo hicieron siempre los jerarcas con perspectivas misérrimas del mundo y con flagrante falta de talento para dirigir. A falta de audacia y de mando recurrían y recurren a la fórmula eficaz; intimidación y absolutismo.  Pero lo ingenuo en su impostura peligrosa no solo se esparce al concebir que la Verdad existe en el espectro político, y que es única, inmutable y pétrea, sino al creer estúpidamente que la tiene él,  y que sus adversarios ideológicos son bestias irredentas y acechantes siempre entre la sombra para calumniarlo. 

La escuela escéptica griega planteaba tres premisas de sospecha para evitar el fanatismo, la parcialidad y los excesos del convencimiento: evitar, permanentemente, la atribución de los sucesos humanos a entidades metafísicas. Evitar la creencia radical del bien y del mal sobre los hechos del mundo, y rendirse ante la posibilidad del conocimiento real ante un suceso o un fenómeno. Las tres premisas objetivas las incumple Nicolás; el advenedizo. Proclama la dirección infalible de su dios sobre un país diverso. Impone la idea del mal sobre sus disidentes sin opción a la complejidad, y pretende entender la realidad desde el radicalismo ideológico de su sistema.

En cada discurso revela los temblores de su nerviosismo y su improvisación. En cada pronunciación hay un tufo de miedo, un silbido de impotencia.  Sabe que el poder le llegó de repente y que lo debe sostener sobre la historia aunque su propia identidad sucumba en los escombros del descrédito. Continúa sin sospechar  la dinamita oculta en cada decisión. Y cada decisión es otro muro en la pared del totalitarismo.

Una vez más habla Quevedo en su sentencia sin tiempo: ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos.

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