Por: Aura Lucía Mera

La verdadera reconciliación

"Una inmensa Paloma Blanca salpica con la cólera de su duelo la tierra", Pablo Picasso.

Simplemente no entiendo a aquellos hombres, mujeres, sean políticos o no, que están empeñados en no querer la paz. Es como si sus mentes estuvieran enfermas de rencor y rabia, pero no solamente ante el proceso, sino ante la vida. Como dice la estrofa inmortal del tango Malena: “... tal vez allá en su infancia, su voz de alondra tomó ese tono oscuro de bandoneón...”.

Lo que en psicología llaman anger displacement, o desviación de la rabia, que muchas veces tiene sus raíces enquistadas en problemas nunca resueltos desde la infancia, recuerdos de maltrato, padres castigadores, matoneo de sus compañeros de colegio, amores frustrados, ambivalencia sexual, venganzas aplazadas... La lista sería interminable.

Hombres y mujeres que, aunque ya llegaron a la adultez cronológica, se quedaron estancados emocionalmente en esas etapas de represión y rabias contenidas. Jamás las trabajaron, sino que se las guardaron, decidiendo optar por actuar con el disfraz del “falso yo”. Brillando en reuniones sociales, ostentando los mejores modales. Triunfando en su desempeño laboral. Convirtiéndose en líderes, con ambiciones caudillistas, volviéndose obsesivos por el poder o la figuración en páginas sociales o económicas, sin darse cuenta de que esa ira guardada en el interior tal vez crecía como un forúnculo podrido, enquistado en el alma. Forúnculos que tienen que salir por alguna puerta de escape...

Y salen, revientan de pronto. Salpicando lo que sea... Las inseguridades y complejos de Hitler lo convirtieron en un monstruo, en una máquina asesina. Ídem con el caudillo español. Para qué mencionar a Stalin y sus complejos sociales... Y si nos pasamos al contexto nacional, vemos que los más feroces oponentes al proceso de paz, la llamada “ultraderecha” que cree tener la verdad y la moral en el bolsillo, comparten en su mayoría infancias reprimidas, padres dominantes, educaciones rígidas... Seres humanos incapaces de perdonar, de hacer una introspección, de mirarse a la cara con los que consideran “enemigos”, atizando el fuego del odio, de la violencia y la sangre.

Colombia está enferma de dolor y de rabia. La rabia y el dolor acumulados de millones de campesinos que siempre han sido carne de cañón y sobreviven en medio de la total indiferencia estatal. Esa rabia es válida. Sus voces tienen que ser escuchadas. También las voces de los alzados en armas, que en su momento creyeron que esa era la única opción de cambio social. La rabia que no tiene justificación es la enquistada por la clase dirigente opuesta al perdón, al reconocimiento. Esa rabia que no se detiene ni le importa que continúe el baño de sangre. Si hacemos una encuesta, nos daremos cuenta de que el 100% del pueblo raso, el ciudadano del común, desea la paz.

El problema ahora es de competencia política, de campañas para ganar votos. La paz es un derecho. No un botín electoral.

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