Por: Piedad Bonnett

La vida está en otra parte

La frase es de Rimbaud, quien a los 20 años, después de una adolescencia tormentosa y de escribir Una temporada en el infierno, tomó la decisión de abandonar para siempre Francia y la poesía, y emprendió una aventura que terminó en Abisinia, donde se hizo traficante de armas.

Pienso en esta frase cuando repaso, ahora que se adelantan las conversaciones de paz, la vida de tantos hombres y mujeres que, dando un viraje definitivo a sus vidas, ingresaron a la guerrilla creyendo que la vía armada era el único camino para el cambio. No hablo de los cientos de muchachos que engrosaron sus filas llevados por la falta de oportunidades, atraídos sólo por las armas o empujados por el ánimo de venganza; tampoco de los cientos de campesinos o muchachos de los barrios populares que han sido reclutados a la fuerza, de manera infame. Hablo de los que, conscientemente y empujados por una fe, decidieron dedicar su vida a una lucha que, a medida que fueron pasando los años, fue perdiendo norte y sentido, degradándose y cayendo en acciones brutales y sanguinarias. En algún momento de sus vidas los curas Camilo Torres, Pérez y Laín, pero también Bateman, Carlos Pizarro, Simón Trinidad, Tania Nijmeijer y muchos otros creyeron, impulsados por la sensibilidad, el idealismo, la indignación, que la vida estaba en otra parte, y partieron para el monte llevados por una convicción profunda, por un desacuerdo visceral con un sistema que encontraban y siguen encontrando injusto.

Se equivocaron, pero no todos de la misma manera, pues no era lo mismo apostarle al sueño revolucionario en los años sesenta, como hicieron tantos, empujados por la conciencia de las desigualdades e injusticias y por un idealismo alimentado por una revolución cubana todavía prometedora, que adherir, como la romántica Tanja Nijmeijer, a la guerrilla fosilizada y arbitraria de finales del XX, permeada ya por el narcotráfico y dedicada, en muchos casos, a masacrar a los mismos humildes por los cuales se supone que luchan. Se necesita valor, y mucho, para devolverse una vez se acepta que la vía elegida está equivocada. Lo tuvieron algunos, como Jaime Arenas, Carlos Pizarro o León Valencia, que decidieron regresar a dar la lucha desde la política o el periodismo, a sabiendas de que el fanatismo de los mismos correligionarios o de la derecha ciega podía eliminarlos, tal y como les sucedió a los dos primeros. Otros, en cambio, quedaron atrapados, bien porque su fe seguía viva, bien por su tozudez o su miopía. Y porque es mucho más fácil empezar una guerra que terminarla. “He ido tan lejos en el lago de la sangre, que si no avanzara más, retroceder sería tan dañino como el ganar la otra orilla”, dice Macbeth, y lo mismo podrían decir muchos de los guerrilleros y paramilitares de este país.

Hoy, a pesar de tener un país igualmente injusto que hace 50 años, devastado por la corrupción y la inequidad, ya a nadie le queda duda de que la lucha armada no trajo el cambio. Y en cambio es triste hacer el balance de las vidas que esta guerra fallida arrasó: no sólo las de las innumerables víctimas que aún no tienen reparación y justicia, atropelladas en nombre de la revolución, sino las de los que soñaron alguna vez con hacerla. Nos duele el destino de un hombre generoso como Camilo Torres, o el de Simón Trinidad, que renunció a sus comodidades, justamente indignado por el sacrificio de la UP, o el de la sensible e ingenua Tanja, que hoy hace parte de una guerrilla cuyos excesos ella misma delata en su diario. Ahora, los dirigentes de las Farc tiene de nuevo la oportunidad de soñar que la vida está en otra parte: en el territorio político, donde podrán dar sus últimas batallas.

Posdata: En la columna anterior un acucioso corrector, al cambiarme una palabra, me hizo incurrir en el abominable dequeísmo. Aclaro que soy inocente.

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