Por: Mauricio Rubio

Violadores reales y ficticios

El término violador se desfiguró, para convertirse en insulto, difamación y hasta amenaza velada.

A sus 83 años, David Hamilton, fotógrafo inglés de jóvenes desnudas, fue acusado por una presentadora de TV de haberla violado hace tres décadas. Después de ese testimonio, se reportaron otros ataques similares en un pueblo veraniego francés donde el artista reclutaba adolescentes para fotografiarlas. Sus modelos tenían, como máximo, 16 años. Sin mayores consecuencias, en 1983 una periodista contó que entre sus trofeos estaba una niña de 12, a la que prácticamente raptó a la salida del colegio. Las familias le agradecían haberse fijado en sus hijas y las acompañaban a la primera sesión de fotos. La presencia de la esposa en el estudio tranquilizaba. En citas posteriores, ella desaparecía y Hamilton quedaba a solas con sus presas. No les pagaba, les ofrecía el sueño de ser modelos, y exóticos viajes. “Los padres quedan encantados, la mayoría encuentra a sus niñas más desenvueltas al regreso” se vanagloriaba cuando sus libros se vendían por millones con posters, almanaques y postales. Para justificar su obsesión por las niñas, no dudó en compararse con Balthus y Dégas.

Los tiempos cambiaron y su fama se evaporó. De su último libro, publicado en 2007, sólo se imprimieron 8.000 ejemplares. En una bienal de arte su obra se expuso en una sala prohibida para menores. Como la vanguardia intelectual colombiana, Hamilton simplemente ridiculizó a la godarria: se quejó de una época puritana, aburrida, plagada de personas mal tiradas que ven pornografía y pedofilia allí donde él siempre buscó “el candor del paraíso perdido”. En una entrevista con un nostálgico de su obra le dijo con tranquilidad: “Ustedes tuvieron los calendarios. Yo tuve a las niñas”. El decadente abusador terminó suicidándose por el escándalo.

A principios de 2017 Salim, fotógrafo de moda parisino, fue detenido por violación. Tras la primera denuncia siguieron varias con un patrón similar: las jóvenes se despertaban desnudas después de haber sido drogadas, sin recordar nada. Salim las contactaba por internet invitándolas a tomarse fotos. Como Hamilton, tampoco ofrecía retribución monetaria; bastaba la promesa de un valioso book. “Tenía un discurso bastante romántico, jugaba con su faceta de artista, el gran artista, tenebroso”.

Los testimonios de jóvenes que buscaban huir de los barrios duros de Medellín en las épocas más horribles del narcotráfico señalan dos tipos de rapaces que aprovecharon esa situación: fotógrafos, publicistas y organizadores de reinados que prometían una carrera en el modelaje y, por otro lado, cirujanos plásticos que con bisturí y silicona contribuían al sueño. En esos casos no hubo denuncias por violación contra quienes se sentían lanzando jóvenes al estrellato pero perdían el entusiasmo con un embarazo. 

La palabra violador perdió sentido desde que algunas feministas afirman que todos los hombres lo somos, sin que nadie les pida pruebas o busque demandarlas. Con un irresponsable giro de tuerca adicional, Álvaro Uribe llamó en Twitter “violador de menores” a Daniel Samper Ospina. En un país violento y polarizado, fue una insensatez incitar eventuales justicieros privados que le creen a pie juntillas a su líder. Con esa secuela del descache, me sorprendió la leguleyada con la que respondió el periodista, que muchos secundaron. El atropello o retaliación verbal de Uribe se judicializó y convirtió en calumnia. No me cabe en la cabeza que alguien haya pensado que el trino era una verdadera acusación por violación de menores de edad, como las que hundieron a Hamilton.

Un comunicado de SoHo, publicación que dirigió Samper, recordó el fantasma que lo persigue. “Con respecto a las fotografías que acompañaron el artículo ‘Dejad que los niños vengan a mí’, se trataba de imágenes (del) fotógrafo Mauricio Vélez... Lejos de vulnerar los derechos de los menores, el objetivo del artista era precisamente el contrario: denunciar los escándalos de pedofilia que rodeaban a la Iglesia en ese momento”. Además de sinuosa, la aclaración resultó incoherente con el retiro, hace años, de las controvertidas fotos de internet.

Publicar desnudos de menores, aun con fines loables, es un terreno crecientemente pantanoso, hasta con efecto retroactivo. El visto bueno de los padres, al que alude SoHo como salvaguardia, es tan inútil que el violador inglés siempre lo tuvo. El Hugh Hefner colombiano saltó a tiempo del previsible naufragio de un medio golpeado por la crisis publicitaria, el porno gratuito, la caverna y el feminismo. Pero tendrá enredos cuando modelos ad honorem arrepentidas, más maduras, educadas y concientizadas, denuncien tardíamente los excesos de fotógrafos tan seguros de sí mismos como Hamilton o Salim. Esa sorpresa la podría dar una quisquillosa militante que posó ligera de ropa como probadora de condones y ha dado increíbles volteretas predicando corrección, rompiendo estereotipas.

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