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Piedad Bonnett 22 Jun 2013 - 10:00 pm

Por vocación

Piedad Bonnett

A la hora de examinar las causas de la alta tasa de desempleo juvenil, algunos expertos dicen que no hay una coincidencia entre lo que los muchachos eligen estudiar y las necesidades de la demanda laboral.

Por: Piedad Bonnett

En un estudio sobre educación y empleo de McKinsey Center for Government se señala, por ejemplo, que los jóvenes desconocen las posibilidades de trabajo que les proporcionará la carrera que van a estudiar y hacen su elección “casi a ciegas”.

Siempre me ha parecido dificilísimo tener que elegir a los 18 años una carrera profesional, algo que exige años de dedicación, determina en buena parte el futuro y en general cuesta bastante dinero. Pero aun si partimos del supuesto de que uno a esa edad pueda tener ya totalmente claros sus intereses, la pregunta es si, a la hora de decidir, vale la pena preocuparse de antemano por las futuras dificultades de empleo o incluso cambiar de decisión si éstas se vislumbran grandes. Creo que una profesión equivale a escoger una opción de vida y ésta no es sino una. El que estudia carreras como filosofía o teatro o música o física o matemáticas, sabe que muy probablemente su oficio apenas le dé para vivir dignamente, pero que jamás será una persona rica. Y aun lo de vivir dignamente puede llegar a ser difícil. ¿Cómo se explica, entonces, que una buena porción de jóvenes escoja esas carreras, con toda la carga de incertidumbre que acarrean? Los que así actúan obedecen, sencillamente, a pasiones intelectuales o vitales que se han despertado en ellos de manera temprana, y prefieren la felicidad de dedicar la vida a lo que les gusta que acomodarse pragmáticamente a oficios rentables, pero que les resultan aburridos o frustrantes. A esa claridad se llama vocación.

Lo ideal sería que todo ser humano obedeciera al impulso de la vocación, aun en los oficios más sencillos, los que exigen un mínimo de aprestamiento. De esa armonía básica surgiría, sin duda, un mundo menos áspero e infeliz. Pero desafortunadamente hay muchos factores en contra. A mucha gente el sistema no le brinda oportunidades de elegir; otras personas, incluso pudientes, se pliegan a las presiones del medio y estudian lo que no quieren. ¡Cuántas veces nos encontramos con estudiantes y profesionales que escogieron sus carreras presionados por sus miedos o por sus padres, o por lo que oyeron siempre a su alrededor, frustrados pero resignados ya a su suerte o esperando que la vida les dé la oportunidad de hacer lo que siempre quisieron, así sea después de la jubilación! 

Sólo se puede ser bueno en aquello que nos apasiona. Por eso aterra que el reciente estudio de Harvard, los Andes y el Rosario confirme lo que ya sabíamos: que los estudiantes de peores puntajes en las pruebas Saber 11, los que no pasan en otras carreras, optan por ser maestros. Al oficio que se responsabiliza de formar a los niños del país, al que mayor vocación exige, la mayoría está ingresando sin ninguna vocación. Por fortuna, parece que el Ministerio ya tiene el problema en mente y se propone becar estudiantes de alto rendimiento dispuestos a ser maestros. ¡Pero vaya tiempo el que va a tomar cambiar las cosas! 

  • Piedad Bonnett | Elespectador.com

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