Por: Marianne Ponsford

Volver a perder

Una vez, caminando por el centro de Guadalajara, en una esquina vi esto: un hombre muy viejo, de unos 90 años, sentado en un taburete, cantando una cancioncilla mexicana.

Era flaquísimo y le colgaba la piel del cogote, y le quedaba enorme el cuello apuntado de una camisa blanca. Rasgaba las cuerdas de una enclenque guitarra y miraba hacia ninguna parte con unos ojos casi transparentes. La canción que cantaba, con un sonsonete parecido a la de “Ya estás tejiendo la red...” y con un apagado entusiasmo, decía así: “qué suerte la mía, después de caído, volver a caeeeeer... qué suerte la mía, estar tan perdido, y volver a perdeeeeer”.

Nunca he olvidado aquella modesta y memorable escena. En ella está resumida para mí la ironía. O más exactamente, está resumida una estupenda postura ante la vida: un cierto escepticismo melancólico tan sano y necesario a la hora de examinar lo que nos pasa, los hechos del mundo que nos conciernen y, sobre todo, las propias convicciones.

Todo lo contrario, en cualquier caso, de la vehemencia militante, de la exacerbación apasionada tan cara a la derecha colombiana. Cuando uno oye hablar o tuitear al expresidente Uribe o cuando uno lee una columna de Fernando Londoño como “Las Farc S.A.”, acaba empalagado de un no sé qué, que creo podría ser bautizado como “el exceso sentimental”.

El escritor israelí Amos Oz, en una magnífica conferencia hace unos años, advertía que todo fanático es, en principio, un hombre sentimental. Quizá la traducción no es del todo afortunada, y quedaría mejor “sentimentalista”. Pero el hecho es que una sana dosis de ironía inteligente —tan necesaria en el análisis como en el ejercicio político— está peligrosamente ausente en el núcleo de la arenga uribista contra el proceso de paz.

Curiosamente a la izquierda democrática (quién lo hubiera dicho) no le falta esa ironía. Y la razón es clara : saben lo que significa saberse derrotado. Tiene menos odio (quién lo hubiera dicho), y menos que perder porque alguna vez en el pasado ya lo perdieron todo. Miran con ironía conceptos tan grandilocuentes como el honor, la gallardía y la patria, y nadan tranquilos las aguas de una agudeza que no pierde la esperanza, que no sacrifica ni la ideología ni la voluntad de pensamiento, pero tampoco hace de ellas una cruz. Pienso en analistas como León Valencia, siempre con una levísima, casi imperceptible, sonrisa en la boca, mirando el escenario sin el melodramático vibrato de un Londoño. Sin odio.

Todos estamos cansados del odio. Si de veras quiere ser gallardo, el uribismo debería sumirse en seis meses de silencio. No encrespar las aguas en momentos de quieta esperanza. Sentarse en una mecedora y atreverse a rasgar una guitarra. Mirar con un poco de distancia, o en todo caso, dejar a un lado la vehemencia, hacer una pausa del mundo, y de su propio exceso sentimental.

 

* Marianne Ponsford

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