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Juan David Correa Ulloa 2 Mayo 2013 - 10:43 pm

Wallraff

Juan David Correa Ulloa

Hace unos quince años, paseando por la Feria del Libro un domingo cualquiera, encontré en un stand un libro azul, algo ajado quizá por estar embodegado, de la colección Compactos de Anagrama. Se llamaba Cabeza de turco y según su reseña había sido escrito por un periodista alemán de nombre Günter Wallraff, quien desde los años sesenta había creado una especie de periodismo de resistencia para denunciar los atropellos del mundo laboral.

Por: Juan David Correa Ulloa

Wallraff comenzó su carrera en un periódico sindical llamado Metall, donde publicó reportajes de denuncia en los cuales desenmascaró los abusos y las prácticas aberrantes de grupos como Thyssen o Siemens.

La noche en que comencé a leer Cabeza de turco no pude parar. Más allá de su traducción torpe —y de mi completa ignorancia del alemán— sentí que estaba ante un hombre de una fortaleza y claridad apabullantes. Wallraff se había convertido por dos años en Ali, un turco que busca empleo en Alemania y que sufre del maltrato y el rechazo, además de convertirse en un testigo privilegiado de la poca sanidad con la que cuentan en el McDonald’s en el que se emplea un tiempo, y la metalúrgica en la que se infiltra para sentir cómo el polvillo le destroza los pulmones. En dos años de deambular como Ali, el periodista describe una sociedad que se muestra tolerante hacia afuera, pero que en sus prácticas privadas es despiadada y cruel. El retrato que hace de la alta burguesía, adonde llega como chofer en su última etapa como turco, es tremendo y muy elocuente: tras la aparente amabilidad de sus empleadores lo que subyace es el desprecio y la lástima.

Hace unos días pude hablar con Wallraff en la Filbo y le pregunté durante una hora cómo había sido su vida de disfraces, en la cual se ha convertido en periodista de farándula para la revista Bild, en manifestante en contra de la dictadura griega para ser un preso político, en comerciante de armas para desenmascarar el régimen de Salazar en Portugal, entre otros oficios, y escuché a un hombre aguerrido, humanista, dispuesto a defender su método siempre y cuando no se traspasen los límites de la intimidad en sus historias. Un hombre capaz de permanecer fiel a sus ideas así en su país le pidan que se calle.

Para terminar le pregunté sobre por qué el periodismo peleaba tanto por el compromiso y él, alzando sus manos y levantando un poco el tono me dijo: “Mi único compromiso es con los débiles, y mientras existan, así deba usar disfraz, seguiré persiguiendo a sus opresores”. Una lección, en todo caso, de un periodista indeseable para muchos, pero necesario para todos.

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Opinión por:

Cecifer

Vie, 05/03/2013 - 15:34
y interesante esta columna y mi admiración al periodista alemán. Genial.
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