Por: Antonio Casale

Wílder Medina

De manera extraoficial se ha conocido que el ídolo del Tolima, y artífice del subtítulo del equipo pijao en 2011, Wílder Medina, fue encontrado culpable por dopaje de marihuana en dos partidos de la liga.

Ya el año pasado, en extrañas circunstancias, y en plena fase definitiva del campeonato, le habían “tapado” milagrosamente la misma situación, ocurrida en un juego de Copa Suramericana.

Esta vez, la sanción no se hará esperar, y de no pasar nada extraño, el jugador será sometido al menos a dos años de para de toda actividad. Algunos dirán que es más que merecido, y que se pudra en el infierno por no ser lo que corresponde con un ídolo. No faltarán los que se burlen de su situación y hasta respirarán profundo los hinchas rivales que sufrieron con sus goles.

Sin embargo, es menester detenerse a pensar en el ser humano. En esa persona que creció en medio de un ambiente de violencia alrededor de su entorno. El mismo que no justifica su adicción, pero que hace prever que parte de su problema está en su niñez. Que como todas las personas, tiene un problema por solucionar.

Los seguidores del Tolima, el dueño del equipo y sus compañeros no pueden olvidar ahora, que así como Medina les dio tantas alegrías, hoy es él quien necesita de ellos. A Wílder hay que rodearlo, no para alcahuetearle su adicción e irse de fiesta, cosa que no sucede tampoco cuando el ídolo se convierte en humano y cae en desgracia.

No, a Medina hay que rodearlo para que voluntariamente se someta a un proceso de rehabilitación. Es momento de demostrarle la gratitud por tantas alegrías. De Medina en seis meses nadie se va a acordar en los periódicos, pero está en quienes lo rodean, demostrar que en el fútbol, como en la vida, lo primero es la persona.

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