Por: Diana Castro Benetti

Y bajaron de su pedestal

En esquinas, podios o exóticas sesiones de exorcismo se evidencian falsos profetas con sus voces y muecas vacías como insinuando la inutilidad de seguir a otros.

Se visten de túnicas, sandalias, gorros y chales en tonos vibrantes o escalas de grises tal vez para esconder la incoherencia de sus ideas. Son profetas de la pequeñez predicando lecciones que no pueden aplicar, gurús de verdades mentirosas o maestros ciegos en su propio ego.

Cada quien sigue la luz que siente que lo ilumina, pero seguir a otros en la alucinación tiene sus riesgos. Seguir a otros sin reconocerlos como humanos defectuosos y maravillosos es escoger la sumisión. Reverenciar a los que dicen ver lo cierto es olvidar los tesoros del camino propio y aceptar como verdad lo que viene siendo sólo parcialidad y, así, nos volvemos cómplices de embaucadores y veneradores de maquillajes. Cada alma, cuerpo o presencia, es libre de hacer su agosto con la ilusión de quienes buscan guía y soluciones. Sistema perfecto de prédica y resignación que funciona en el terreno común de los egos, donde unos se disfrazan de expertos vendiendo milagrosas agüitas en frasquitos o cantando palabras incomprensibles y pegajosas, y donde otros hacen de humildes seguidores escondiendo su ingenuidad, pereza o inhabilidad.

Pero, en estricto sentido, no hay maestros verdaderos como tampoco los hay falsos. Sólo hay seres que dan de sí mismos y que ofrecen sus juicios. Algunos están más a gusto satisfaciendo sus deseos, los otros se amarran a una idea de la compasión. Los hay que exigen y los hay que condenan. Hay maestros de sabidurías que no se untan de humanidad y los hay que hacen rabiar y reír como si fueran el loco o el mendigo de la esquina. Hay gurús que arrancan la inocencia y otros que exigen su diezmo sin pudor. Cada quien es libre de escoger su faro, su esquina y sus cobijas para su camino hacia la exquisitez.

Y más allá de las variaciones y las tonalidades de la humanidad en pose de sapiencia, sin lugar a dudas, maestro es aquel que hace ver bien adentro, que ancla el silencio y que no ofrece sortilegios para el afán. Maestro es el que abre la puerta, el que comparte, sirve, cocina o ilumina lo que hay que atornillar. Gurú es aquel que acompaña, llora, canta y reconoce su indignación o su furia. Maestro es el que nos incita a ver lo posible y a alcanzar lo que no imaginamos. Y sí, maestros de la vida somos todos los que vivimos nuestra humanidad porque lejos han quedado los tiempos en que unos apuntaban a la verdad para que otros quedasen obnubilados. Enterrada quedó la sabiduría misteriosa, oculta e inaccesible. Los paradigmas de hoy conducen a la conciencia presente y atenta con esos otros que hacen doler, reír, gozar y aprender.

Aunque resulta cómodo y necesario honrar los pasos de místicos, en el itinerario se debe incluir al otro que camina, respira y busca los mismos sueños. Por fin llegó la hora en que los guías más sabios bajaron de su pedestal para mezclarse y quedarse en el púlpito de los comunes.

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