Por: Mario Fernando Prado

¿Y dónde estaba el piloto?

El piloto del fatídico vuelo 2933, Miguel Alejandro Quiroga Murakami, es el único responsable de la tragedia en la que perecieron 71 personas, el pasado lunes en la noche a pocas millas del aeropuerto José María Córdoba.

Él, como comandante de la vetusta nave y también como socio de la empresa de charters, y por ahorrarse unos cuantos dólares, no tanqueó suficientemente el avión violando los protocolos establecidos, que exigen que existan unas reservas en caso de presentarse algún problema y/o tener que utilizar un aeropuerto alterno.

¿Por qué cuando se dio cuenta de que la gasolina no le podría alcanzar no se fue a Bogotá a reabastecerse como era lo lógico? Porque eso le iba a costar un billete, y prefirió arriesgarse.

¿Y por qué, cuando ya supo que el combustible se le estaba agotando, no declaró la nave en emergencia, sino que pidió prioridad de aterrizaje, que son dos cosas distintas? Porque ello le habría significado una multa, impuesta con toda la razón. O sea que tomó un riesgo más, apostándole a que le darían prioridad a su aeronave, no contando con que un avión de Viva Colombia había hecho la misma solicitud.

Total, su solicitud de prioridad no tuvo la prioridad que estaba esperando y se le agotó la gasolina en pleno vuelo. Esa es la verdad y no hay que esperar lo que dicen la caja negra ni los sabios internacionales para llegar a esta conclusión.

Lógicamente la compañía venezolana Lamía se acabó antes de que le llegaran las demandas que le lloverán y que no tendrán éxito alguno, porque según parece hasta los seguros los tenían vencidos.

Es inaudito que no exista para estos vuelos chárter una legislación más rigurosa, que prevea que por unos dólares más quienes los operan cometan semejantes errores con el costo de muchas vidas.

Y después aquí en Colombia crucifican a unos pobres choferes de buses intermunicipales, a quienes se les van los frenos y caen a los abismos de nuestras frondosas selvas.

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