Por: Humberto de la Calle

Y con esta me despido

El llamado del Gobierno para dirigir el equipo negociador de las conversaciones en Oslo y La Habana con las Farc, enmarcadas en un esquema de absoluta discreción, me obliga a dejar de lado esta columna, después de ocho años de garrapatear reflexiones, meterle garlopa a problemas aviesos y, también, fabricar ilusiones.

En mi caso, esa discreción tiene carácter trapense. En efecto, la condición de plenipotenciario obliga a cuidar la mesa de diálogo con todo esmero. Cada frase dicha aquí, en radio, televisión o prensa escrita, reviste el carácter de incumplimiento o, peor, de oferta irreversible. No es que no haya que informar, algo que es a la vez nutriente de las conversaciones y obligación dentro del Estado democrático. Pero la información sin el debido cuidado (el pasado lo ha demostrado) constituye más bien un impedimento para el logro de los fines del diálogo. Dicho esto, habiendo estado del lado del periodismo, aprovecho para de una vez ofrecer disculpas si mi conducta reticente de los últimos días pueda haber molestado a alguno. El designio principal de la tarea que se me ha puesto al frente no está regido por un afán de parecer ingenioso e inteligente, sino, por el contrario, lograr con paciencia benedictina el agotamiento de una agenda concreta que ha sido pactada entre el Gobierno y las Farc.

Por lo pronto, lo ideal en este momento es frenar el optimismo desbordado. Se entiende que tras casi 50 años de conflicto, la esperanza prolifera a veces sin medida. Hay condiciones distintas. Hay, como lo dijo el presidente, una Colombia nueva. Hay una agenda pactada, la cual plantea la posibilidad de un proceso de conversaciones serio, realista, digno y eficaz. Pero es recomendable mantener la templanza, controlar el desbordado apetito hacia una solución mágica y fomentar una cierta dosis de escepticismo que es una sana coraza contra la volatilidad de la opinión pública, en especial cuando nuevos episodios de violencia pueden hacer presencia en el inmediato futuro.

Dicho lo anterior, no puedo menos que agradecer a los directivos de este periódico que me dieron abrigo durante tan largo tiempo. También a los magros lectores, cuya paciencia y resignación fueron infinitas. Agradecer también a los insultantes del foro informático. Cada insulto aumenta el grosor de la epidermis, algo que va a ser útil en estos nuevos empeños. No hay forma de reconocer debidamente semejante favor.

En medio de la violencia partidista, Echandía dijo que su deseo para los colombianos era que pudieran volver a pescar de noche. Algo así habría que decir ahora. Hay sectores de la opinión que descreen de una solución negociada. Están en su derecho. Nadie podría hacer hoy predicciones sobre la buena o mala ventura de este empeño pacifista.

Pero lo que sí creo fervientemente es que si, como parece, hay al menos una rendija abierta hacia la paz, sería una irresponsabilidad histórica no abrir la ventana de oportunidad para una Colombia sin el agobio de la presencia permanente del martirio de muchos colombianos.

Echandía quería pescar de noche. Yo quiero para mis nietos una Colombia en paz. Y, tomando las generosas expresiones del director, espero también volver a fatigar en un futuro la paciencia de los lectores.

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