Por: Julio César Londoño

Y para rematar, Dios

En Colombia nunca faltan motivos para destripar al prójimo. Nos matamos por tierras, por drogas, por miedo, por sospecha, por mujeres, las malditas mujeres, para celebrar el Día de la Madre, las benditas madres, por Año Nuevo y Navidad, cuando la Selección gana, por la dicha, cuando pierde, por la piedra, o para poner otro sol en la charretera u otra papa en la olla.

Por religión no nos matamos, aún no, pero no está lejano el día que un pastor alborote el avispero pentecostal y lance la primera yihad criolla contra las putas, los maricas y los asexuales, contra los partidarios del aborto, la eutanasia y las transfusiones de sangre, contra los negros, los indios, los indigentes y las señoras insumisas, las altaneras que no entiendan que el varón es la cabeza del hogar.

No sería la primera vez. Hace 70 años los sacerdotes azuzaron la grey contra los liberales, gente famosamente descreída, masónica, satánica en suma. Después los púlpitos se calmaron. Fue la fase frentenacionalista de la Iglesia católica. Un remanso de paz. Nunca más se habló de partidos en las iglesias ni en los cuarteles. Nunca, hasta que pasó lo impensable, ¡se acabaron los partidos! El azul se disolvió en un turbio marrón lenteja, y el rojo se destiñó por el uso, la ineptitud y el Proceso 8.000.

Al tiempo, las iglesias cristianas florecieron. Empezaron en garajes (Dios está en todas partes), se tomaron luego los cines de barrio, abandonados por el auge de los multiplex, y ahora tienen templos enormes, coliseos de la fe (se calcula que el 20 % del país es cristiano, el 70 % católico y el 10 % agnóstico, o serio).

Durante estos 70 años hemos vivido una pax religiosa perfecta porque los cristianos tenían pocas ovejas y porque el católico no es un sujeto militante, gracias a Dios. El católico va a misa por inercia, arroja al cepillo una moneda de $200 y vuelve inmediatamente al seno del pecado.

Pero la situación se ha caldeado por la politización de los cristianos. La cosa empezó en los 90, cuando los políticos descubrieron que los pastores eran “líderes de base” insuperables, y los pastores tuvieron una revelación: los políticos eran seres humanos, es decir, hijos de Dios y por lo tanto hermanos suyos.

La politización de los cristianos aumentó con el nuevo milenio y el advenimiento de Uribe y Ordóñez, su profeta, y mostró su poderío en octubre de 2016, cuando pusieron, se dice, dos millones de votos en el plebiscito de la paz. Los pastores utilizaron una variante agresiva de la estrategia de la derecha laica: emberracaron a los “hermanos” con la fábula de que el Gobierno estaba mariquiando los niños con unas cartillas malditas diseñadas por la ONU, una organización de izquierda, como explicó recientemente la hermana María Fernanda Cabal, la misma investigadora que acaba de poner patas arriba la sociología nacional con su descubrimiento de que la tierra está en manos de indígenas y negros, etnias que han desplazado a sangre y fuego, supongo, a los palmicultores, azucareros, ganaderos, mineros y paramilitares. Pero me desvío. Retomemos.

Considerando que el nivel intelectual del colombiano promedio es muy discreto, y que el país es un hervidero de odios como resultado natural de años de guerra, exclusión y polarización, podemos anticipar que el cuadro empeorará por el influjo del fuego del fanatismo religioso. En adelante, los debates y las políticas públicas sobre salud, arte y educación deberán tener en cuenta la opinión de Las Escrituras, y a la lista de las hondas razones esgrimidas para destripar al prójimo, podemos agregar ahora nuestros desencuentros en la interpretación de cierto versículo del Levítico.

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