Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Yo me quedo

Yo me quedo con aquella respuesta de Pablo Neruda a un periodista que le preguntó de qué servía la poesía, su poesía, y dijo que él sólo sabía que el Che Guevara llevaba uno de sus libros en su mochila, y me quedo con el Che que les enseñaba matemáticas a los campesinos y les leía a Neruda. Yo me quedo con Octavio Paz cuando escribía “Mi padre, al tomar la copa, me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón, y el mantel olía a pólvora. Yo me quedo callado: ¿de quién podría hablar?”, y me quedo con sus referentes y con otros que vinieron después, y me voy convenciendo de que hace veinte años o algunos más los referentes y los espejos de lucha y dignidad desaparecieron.

Yo me quedo con la idea de que a punta de espejos y de referentes se van construyendo las sociedades, y esta que vivimos ve sólo el brillo del marco de esos espejos y las monedas de algunos referentes. Me quedo, como decía usted, con ir a las bibliotecas y elegir el libro que quiero, y no esperar en mi computador a que un montón de algoritmos me bombardeen con videos y textos desechables. Me quedo con la convicción de que quienes escribieron fueron los verdaderos revolucionarios que nos clavaron miles de cuchillos para que nos estremeciéramos, y de que quienes escriben hoy serán los que dejen testimonio de nuestra insulsa, vendida y cómoda época.

Yo me quedo con el papel, con el libro pesado de páginas amarillentas que me va a mostrar una parte del mundo y me va a llevar a vivirla, con el periódico untado de tinta y con los mensajes en papelitos arrugados, con la mochila y el abrigo raído, con Silvio Rodríguez y Víctor Jara, con Pablo Milanés cantando “Yo me quedo con todas esas cosas, pequeñas, silenciosas”, y con dos aguardientes para gritar “que nadie sepa mi sufrir”, “prohibido olvidar” y tantas cosas más. Yo me quedo con el delirio, con la venganza fina, con la figura de don Quijote pasar, con el beso que nunca le di a usted y que pudo cambiarlo todo, con el penúltimo cigarrillo y enviarle una carta escrita a mano, y me quedo con los amores platónicos.

Yo me quedo con el eterno descubrir de las verdades que quedan detrás de las mentiras, y me quedo con el valorar y el admirar en lugar del fácil querer, y me quedo con lo difícil, aunque muera en el intento.

 

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