Por: Catalina Ruiz-Navarro

Yuliana, Sara, Dayana, Remedios...

Colombia se levantó este lunes para enterarse de la muerte de otra niña, Sara Yolima Salazar de tres años, abusada y torturada en Tolima; del asesinato de dos niños en el Cauca por su padre feminicida; y de una bebé de cuatro meses que fue abusada por un soldado de 19 años en Villavicencio. Son noticias dolorosas, más cuando hacen eco de la violación, tortura y asesinato de Yuliana Samboní apenas hace unos meses. La indignación colectiva parece indicar que hay un consenso apasionado por defender a la niñez colombiana. Sin embargo, indignarse es lo más fácil; lo difícil es entender qué papel jugamos cada uno de nosotros en este problema y entender las razones por las cuales estos crímenes atroces son posibles.

Hay 4889 casos en lo que va del año por violencia sexual y física en menores, y según el ICBF, el año pasado hubo 11,000 denuncias solo por violencia sexual. Eso implicaría un número similar de violadores y agresores. Pero la cárcel de Jamundí tiene capacidad para 4.564 presos y es la más grande de América Latina. Nos importa más pensar en cómo castigar a los violadores con una suerte de morbo onanista. La cadena perpetua es una solución superficial, como lo sería barrer el polvo bajo la alfombra: es cara, impracticable, y puede hasta desincentivar las denuncias. Sin embargo, la directora del ICBF, Cristina Plazas es, sorprendentemente, la primera defensora de estas soluciones inútiles, y muestra un gran desconocimiento del problema, pues también afirmó en RCN Radio que entre las causas de la violencia estaban telenovelas como la de Pablo Escobar, o el “juego de la Ballena Azul” (una lista de retos peligrosos que ronda las redes sociales). Pero la violencia contra la infancia precede a todos estos fenómenos culturales. Plazas también dice que la solución es prevenir el embarazo adolescente, pero no habla de informarle a las niñas de su derecho al aborto, o de buena educación sexual en los colegios.

Otras soluciones abstractas y dudosas ofrecidas por Plazas, como “invertir en el núcleo familiar” suelen hacer referencia a fortalecer un modelo de familia machista y no a la creación de sistemas de cuidado y prevención que eviten el abuso sistemático de niños y niñas. Los agresores en su mayoría son adultos de confianza que hacen parte de ese núcleo familiar al que a veces la niñez queda confinada, en donde también hay maltrato, y violencia de género, que suele casi siempre venir acompañada de violencia hacia la niñez. Además, el problema con las soluciones del tipo  “invertir más en las familias” es que suelen al final individualizar un problema que es social y estructural. Esto es, que va más allá de las familias.

Hay dos preguntas básicas: ¿por qué nuestra sociedad produce tantos agresores? Y ¿cómo prevenir el abuso? Tenemos la complaciente idea de que nos importan los niños y las niñas pero esta es una mentira. Si nos importaran sabríamos que estos casos que empiezan a salir a la luz no son excepcionales, sino de lo más común y corriente. Sabríamos que las niñas que no son abusadas seguro serán objeto de acoso sexual a lo largo de su vida. Decimos “nuestros” niños, como para mostrar que nos importan, pero las niñas y los niños no son nuestros, y pensarlos como propiedad facilita el abuso. Condenamos la tortura, el abuso, el asesinato, pero nos parece bien tratar a la niñez como si fueran objetos incapaces de adquirir criterio, les negamos la información sobre salud sexual y reproductiva que necesitan para protegerse y rara vez escuchamos a los y las adolescentes por estar ocupados juzgándolos. Y ni hablar de nuestra casi absoluta falta de política pública para tratar con los agresores o nuestra nula disposición para acabar con esa masculinidad tóxica que lleva a estos hombres a pensar que pueden disponer de los cuerpos de los niños y las mujeres a su alrededor.

Remedios Moscote, de nueve años, casada con el coronel Aureliano Buendía, murió “envenenada por su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre”. Todos leímos alguna vez esto sin levantar una ceja, y hasta con romanticismo, porque así de natural es sexualizar a las niñas en nuestra cultura. Y eso no va a cambiar hasta que entendamos crímenes horrendos como el abuso infantil y el feminicidios son apenas las consecuencias más espectaculares de nuestro machismo diario.

@Catalinapordios

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