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Adolfo Meisel Roca 26 Oct 2012 - 11:00 pm

Zapatero a tus zapatos

Adolfo Meisel Roca

La principal diferencia entre una economía desarrollada y una economía pobre es la enorme brecha en el nivel de ingresos que hay entre ambas.

Por: Adolfo Meisel Roca
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Por ejemplo, entre el país más rico del mundo, Qatar, y el más pobre, Congo, para el 2012 la diferencia en el ingreso promedio de sus habitantes es de 290 veces. No obstante, la brecha en el ingreso es mucho mayor a la observada en los niveles de capital humano y físico entre estos países. ¿Cómo sabemos que en realidad las brechas no son tan grandes? Mancur Olson señalaba que la migración de los países pobres a los ricos sirve de experimento natural para medir la brecha en el capital humano de los países involucrados. Por ejemplo, compara la diferencia en la remuneración entre los inmigrantes recientes a Estados Unidos de Alemania y de algunos países del África. La brecha es más o menos de uno a dos a favor de los alemanes, es decir, ese sería el grado de desigualdad en el capital humano de los países africanos con Alemania. Bastante, sí, pero no del orden de magnitud de la diferencia que se observa en el ingreso entre Qatar y el Congo. Tampoco hay esas diferencias tan grandes en la dotación de tierra y otros recursos naturales. En términos microeconómicos, lo que esto significa es que las enormes disparidades entre países ricos y pobres se deben sobre todo a que estos últimos no se ubican en la curva de la frontera de sus posibilidades productivas. Esto había sido planteado por la teoría del desarrollo económico de la década de los 50 y ha sido retomado más recientemente por autores como Olson.

La explicación de por qué unos países se ubican en la curva de la frontera de sus posibilidades productivas y otros no, tiene que ver con los incentivos que hay en ellos para la actividad de los agentes económicos, es decir, lo que hoy se denominan las instituciones. Para ponerlo en lenguaje llano: los países ricos asignan bien sus recursos y los países pobres los asignan mal. En unos se permite el adecuado funcionamiento de los mercados y en los otros se entorpece. Eso se ve también en las organizaciones. En los países ricos el tiempo de las personas más productivas, y por lo tanto mejor remuneradas, se dedica a las funciones más complejas; mientras que las tareas más sencillas se les asignan a personas con menos preparación. Esto se nota en las funciones de los médicos en Europa o Estados Unidos que no llenan largas formas. De esto se encarga el personal administrativo. Aquí en Colombia vaya usted a una empresa de medicina prepagada y verá que los médicos muchas veces se demoran más tiempo llenando informes burocráticos que analizando los síntomas que usted presenta. La cantidad de tiempo que un trabajador altamente calificado en una organización tiene que gastar en labores inocuas y con valor económico marginal casi igual a cero en Colombia suele ser muy grande. Sin hablar sobre la alta remuneración que reciben quienes se dedican a capturar rentas (comisiones, subsidios, exenciones) del Estado y se autodenominan empresarios. Estas actividades rentistas contribuyen a la mala asignación de los recursos (como en el llamado carrusel de la contratación), sobre todo del humano, y al fracaso de los gobiernos, como estaba ocurriendo en Cartagena.

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