Comprendí que enseñar no lo hace cualquiera, que más allá de saber mucho —o poco— se necesita algo más que el conocimiento mismo. No importa lo que enseñes, no importa si son logaritmos, un idioma, una técnica, enseñar a otro es más que transmitir y explicar lo desconocido.
A lo largo de la vida hemos tenido profesores que odiamos, que no nos sirven para nada, que nos hacen tortuoso ese camino de aprender, pero también —seguro— hemos tenido uno o dos que se nos han quedado para siempre en la memoria, que por algún motivo nos marcaron la vida. Lo que escribo ahora, celebrando el Día del Maestro —ya sabemos que hay un día para todo—, es para ellos, para los que me ayudaron a ser mejor por lo que me enseñaron, pero sobre todo, por cómo lo hicieron. También es, si se quiere, una pequeña arenga contra esos que no quise, esos de los que ya ni me acuerdo.
Para enseñar hay que dejar el ego a un lado. Principalmente eso. Porque enseñar no es retar, no es establecer jerarquías. No se trata de demostrar que el profesor sabe más porque eso ya se entiende por el sólo hecho de estar ahí, enseñando. Pero muchos profesores temen ser superados por sus alumnos, temen ser puestos en evidencia y optan por crear una barrera que impide la comunicación, que alimenta el miedo de sus pupilos para preguntar, para salir de la ignorancia. Que el alumno le crea al maestro no se logra por medio de la fuerza, de la imposición, se obtiene a través de la generosidad que inevitablemente se convierte luego en una profunda admiración y respeto.
Los profesores que yo más recuerdo fueron esos con los que pude establecer un diálogo dentro y fuera del aula de clase, fueron esos que no se anquilosaron o se quedaron para siempre regodeándose en sus teorías sino que de la mano de sus alumnos descubrieron cosas nuevas, se preocuparon por alimentar y estimular los talentos y habilidades que veían en cada uno de ellos —sabiendo sobre todo que son universos diferentes— y que supieron manejar esa aburridora pero necesaria delgada línea de la evaluación.
Ojalá no fueran uno o dos los que uno recuerde con amor, ojalá fueran todos. Así, aparte de saber sumar o restar, de saber leer y escribir, seríamos personas seguras, menos temerosas; estaríamos dispuestos a entregar nuestros conocimientos y saberes sin importar que otro pudiera llegar a superarnos. Así, la satisfacción no llegaría sólo a través de lo que somos sino a través de lo que vemos en otros. Todo sería una estructura circular y la apatía que a veces ronda en los salones de clase desaparecería para el bien de este país que necesita gente con ganas de aprender, pero sobre todo, gente con ganas de enseñar.
* Carolina Cuervo

