“Nuestro objetivo es acabar con el régimen de Bashar al Asad y liberar a Siria”, expresa contundente Abu Ismael, un joven ingeniero informático sirio que pertenece al Consejo Superior Revolucionario, desde un refugio clandestino enclavado en los suburbios de la ciudad de Antakya (Antioquía, sur de Turquía), lindante con la frontera siria.
Esta ciudad fue una de las mayores metrópolis del mundo antiguo, cuando, junto con Roma y Alejandría en Egipto, era uno de los mayores centros comerciales y culturales. Pero en la actualidad —y desde el inicio de la crisis siria— se ha convertido en un reducto privilegiado de los grupos armados opositores al régimen, que bajo la protección del gobierno turco lo consideran su cuartel general.
El objetivo de los rebeldes sigue siendo derrocar a Bashar al Asad con “una estrategia basada en ataques de guerrilla y el asesinato de figuras de las fuerzas de seguridad y de las milicias patrocinadas por el Estado, cuando se están produciendo signos de una creciente resistencia armada contra el régimen tras meses de protestas”.
Por su morfología, construida entre los márgenes del Orontes y a los pies del monte Silpio, también se convirtió en una importante plaza fuerte destacable por las dificultades que presentaba para ser sitiada. Todo ello contribuyó al rápido desarrollo de la urbe. Una urbe cuyos habitantes viven desde hace más de un año con preocupación por los acontecimientos del país vecino. Muy cerca del casco urbano se encuentran los campos de refugiados, donde miles de sirios son acogidos en suelo turco.
“Todo ha cambiado para peor desde que comenzó el conflicto en Siria”, afirma un comerciante de artículos de regalo ubicado en la céntrica calle Hurriyet. “No queremos a los sirios en Turquía con sus crisis. No entendemos por qué el Gobierno protege a esta gente”, indica por su parte un mesero respecto a la situación.
“Hay gente muy extraña merodeando por las calles, autos que viajan a alta velocidad sin razón. Esta es una ciudad tranquila y nosotros vivimos bien. No necesitamos un problema que no es nuestro. Nos sentimos inseguros con la presencia de los sirios”, afirma el propietario de una tienda de indumentaria femenina.
Pero Abu Ismael —así dice que se llama, y asegura que utiliza sus conocimientos para hackear sitios del gobierno sirio— ya se siente parte del lugar. El joven informático es miembro del Consejo Revolucionario Superior, una formación de oficiales desertores y opositores sirios a las órdenes del general Mustafá Ahmed al Sheikh. El militar, encargado de los asuntos de seguridad en el norte de Siria antes de desertar, es el oficial de más graduación en hacerlo; se trasladó a Turquía junto con su hijo y su hermano, también militares.
El Consejo Superior Revolucionario es parte de la nebulosa que compone el brazo armado de la oposición. Aunque a veces manifiestan que están unidos en la escena pública, el Ejército Libre Sirio (ELS), al mando del coronel Ryad Asaad, rechaza la relación con esta organización, a la cual tilda de servir al régimen. “Este general, Al Sheikh, se representa sólo a sí mismo y no puede hablar en nombre de todas las fuerzas opositoras”, ha declarado el líder del ELS.
El improvisado cuartel general del Consejo Superior Revolucionario se encuentra en una casa a las afueras de Antakya, a donde se arriba tras un intrincado recorrido en automóvil con el fin de que no se recuerde el camino.
Aunque la ubicación se encuentre a escasos kilómetros del centro de la ciudad, los círculos viciosos son necesarios para evitar posibles interferencias de los agentes de seguridad sirios y de sus cómplices turcos, que se anidan en este lugar a los pies del monte Habib Neccar.
La vivienda de dos pisos sirve también de hospital clandestino para los heridos del grupo que han logrado escapar tras las infiltraciones y combates de los últimos días. La ofensiva del régimen, después de aplastar la insurgencia en Homs, se ha empeñado en reconquistar las zonas septentrionales del país, donde están los insurgentes desde este lado de la frontera.
Mohammed, otro joven dispuesto a morir como un mártir para hacer triunfar su causa, muestra con orgullo a los ocho heridos apiñados en una habitación en el primer piso de la sede. Tienen heridas leves, algunos de ellos están con una pierna o brazo vendado. Después de la visita a los heridos comienza el encuentro con los mandos del Consejo.
Los Kalashnikov y lanzagranadas RPG que muestran no son suficientes para contrarrestar la ofensiva de los militares sirios, aunque reiteran que su esperanza es continuar con la lucha.
Y esa esperanza sigue centrada en la ayuda internacional que no se materializa. La ansiedad se hace patente al hablar de estos argumentos. La voluntad y la fe, los pilares en los que se apoyan para lograr la victoria, hasta ahora nada pueden contra la artillería y los carros de combate que emplea el ejército sirio.
Una imponente bandera del Consejo Revolucionario cuelga sobre un modesto escritorio, desde donde Karim Fathy, un anciano de cara afable, da la bienvenida.
“El ejército sirio ha minado la frontera con Turquía para impedir que los refugiados puedan salir”, expresa. “Tenemos un armamento inferior al del ejército regular, pero con la ayuda de Alá lograremos nuestros objetivos. No creemos en el plan de paz”, culmina su declaración Fathy, entrando en un profundo silencio que da por terminado el encuentro.
Un plan de paz que acaba de colapsar tras la reciente matanza de más de cien personas en Hula, un grupo de aldeas próximas a la ciudad siria de Homs, y donde el ELS da por finalizado su compromiso con el alto el fuego promovido por el enviado especial de Naciones Unidas y la Liga Árabe, Kofi Annan.
El ELS anunció el inicio de “ataques defensivos” en los que sólo tendrán como objetivos “puestos de control” y no “campamentos o grandes puestos”. Los 300 observadores que están en el país no pueden hacer más que verificar una tregua que nunca existió.

