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Opinión | Jue, 11/08/2012 - 23:15

Progresistas de verdad y de apariencia

Por: María Teresa Ronderos | Elespectador.com

“La reelección de un Presidente que ha sido progresista, competente, racional, decente y, a veces, visionario es un asunto serio”, advertía el editorial de la revista The New Yorker la semana pasada.

Y por suerte para la humanidad doliente, incluida la de nuestro país, estadounidenses como Barack Obama, más liberales y ecuánimes, consiguieron que se quedara en la Casa Blanca hasta 2016.

Obama recibió en 2008 una potencia en caída libre. Se estaban esfumando 750.000 empleos al mes, el PBI se encogía a ritmo anual de 9%, miles de soldados morían en una guerra absurda en Irak y, después de una fiesta de especulación y ambición, los bancos se estaban desplomando como castillos de naipes.

En cuatro años consiguió darle la vuelta a la situación, pero como la economía todavía está averiada y el déficit fiscal es trillonario, le fue complicado convencer a la gente de que iba por buen camino. Aunque, como lo sustentó la revista, su récord es impresionante.

Armó un paquete de estímulos económicos para la recuperación que, en dólares reales, es mayor que el del New Deal de Roosevelt, después de la Gran Depresión del 30. Esta inyección salvó a la industria automotriz y a sus miles de empleos e incluyó la más grande inversión en infraestructura desde los años 50. Con el impulso, el sector privado ha creado casi cuatro millones de empleos. Y para evitar que la historia se repitiera, apretó clavijas a los bancos y restringió las prácticas abusivas.

La crisis no le impidió que se lanzara a construir una sociedad más igualitaria, pues en la década anterior los ingresos netos del 1% más rico casi se habían triplicado. Mejoró la financiación de la educación y expandió la red de protección en salud como no se veía desde los años 60, dándole acceso a la gente que no podía pagar los exorbitantes seguros privados. Bajó los impuestos a las mayorías asalariadas y propuso subir los de los millonarios.

Además sacó una ley que protege a mujeres y minorías de la discriminación salarial, permitió el ingreso de los gays a la fuerza pública y nombró a dos mujeres sensatas en la Corte Suprema de Justicia, una de ellas de origen latinoamericano.

En lo internacional, Obama llamó a la reconciliación con el mundo árabe, terminó la sangrienta guerra en Irak, firmó un tratado con Rusia para reducir y vigilar las armas nucleares y reemplazó el estilo de cowboy matón de Bush por una política exterior más institucionalizada y multilateral. Paradójicamente, resultó más efectivo en descabezar a Al Qaeda. Y aunque no terminó la vergüenza de la cárcel de Guantánamo, hizo más estricta la prohibición a la tortura.

Obama contrasta con nuestros presidentes porque sus convicciones son sinceras y sus políticas están cambiando la realidad. En Colombia, nuestros presidentes predican igualdad, pero no impulsan con ímpetu la educación, ni hacen que los ultrarricos paguen impuestos; negocian la paz, pero gastan en más guerra; pasan leyes de transparencia, pero consienten a sus políticos clientelistas y corruptos.

En Estados Unidos, a pesar de su infame historia de racismo, se dio el prodigio de un Obama, hijo de extranjero africano y americana de clase media, quien, por la fuerza de su visión, llegó a la presidencia y esta semana logró ser reelegido. Quizás el caso inspire a nuestros ciudadanos y éstos hagan algún día el milagro de poner en la Casa de Nariño a un presidente que sea a la vez “progresista, competente, racional, decente y, a veces, visionario”, y que lidere en nuestro país transformaciones reales, como Obama las promovió en el suyo en los pasados cuatro años.

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