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Opinión | Sab, 11/10/2012 - 23:00

Cielo parcialmente nublado

Por: María Elvira Samper | Elespectador.com

A pocos días del inicio formal de las negociaciones entre el Gobierno y las Farc en La Habana, el clima político está nublado. Si bien el proceso cuenta con apoyo mayoritario de la opinión —el 72%, según la encuesta Invamer-Gallup de octubre— y el 65% de los entrevistados cree en el diálogo como el mecanismo adecuado para poner fin al conflicto, lo cierto es que hay nubes de pesimismo que ensombrecen el panorama: el 57% no cree que las conversaciones vayan a llegar a feliz término.

El pesimismo es justificado porque el fracaso de los tres intentos anteriores, en especial el del Caguán, aún pesa mucho en la memoria de los colombianos, y porque el prepotente y agresivo debut de Iván Márquez en Oslo sirvió para alimentar y profundizar las dudas sobre las verdaderas intenciones de las Farc y aportó munición para que los enemigos del proceso arreciaran sus ataques.

Nos enfrentamos a un nuevo intento de pactar la paz con las Farc, que podría significar el fin de esa guerrilla, y el camino por recorrer, que se anticipa sembrado de minas, empieza en medio de contradicciones. Una de ellas es la del tiempo, pues mientras el Gobierno anuncia una negociación rápida —un año como máximo—, las Farc sostienen que no será exprés, que no aceptan términos fatales. Otra contradicción se refiere al contenido y es la que más alarmas despierta: el Gobierno se remite a la agenda de cinco puntos previamente acordada, pero las Farc pretenden ampliarla, según el discurso de Márquez y un comunicado posterior. “La revolución por contrato”, habría dicho el expresidente López Michelsen.

Mal presagio si quienes van a negociar tienen objetivos distintos. Pero si las conversaciones fracasan, aunque todos perdemos por la persistencia de la guerra —y el Gobierno pagará con la no reelección—, las Farc serán las grandes derrotadas. Habrán quemado las naves, las últimas naves. El reloj marca en su contra, su margen de maniobra es cada vez más estrecho y no solo porque están estratégicamente derrotadas en lo militar, sino por el alto grado de desnutrición política que padecen. Muy poco o nada representan a ese pueblo que retóricamente evocan como el objetivo de sus luchas. Si no aterrizan y asimilan la realidad del rechazo generalizado a sus acciones, de una sociedad que las odia y descree de su voluntad de paz; si no se sinceran y se niegan a reconocer el daño causado a tantas víctimas; si no asumen su cuota de responsabilidad en una guerra que solo ha dejado muerte y destrucción, más temprano que tarde el Gobierno tendrá que pararse de la mesa.

Las Farc deben entender de una vez por todas que las víctimas no son un tema “intrascendente”, como inicuamente lo califican en un comunicado reciente. Hoy es impensable un proceso de paz si el foco no está en las víctimas, si no se les reconocen sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación. Esos derechos no son negociables, como no es negociable un acuerdo bajo el modelo ‘entrega de armas-indulto’ —la impunidad total— y como no es factible que la negociación llegue a puerto seguro si no cuenta con amplio apoyo social y político, si no hay consenso sobre hasta dónde ceder o dónde poner los límites, para lo cual es fundamental la participación de las víctimas Y las víctimas no son las Farc.

 

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