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Opinión | Sab, 11/10/2012 - 23:00

Siembra insensateces y cosecharás…

Por: Mauricio Botero Caicedo | Elespectador.com

El 15 de noviembre en La Habana conversaciones que —de no establecer el Gobierno lo que está dispuesto a negociar— pueden conllevar un descalabro. Porque el destino del que siembra insensateces siempre ha sido cosechar frustraciones.

En el caso de la agricultura, las pretensiones de la subversión de imponer en pequeñas parcelas un modelo de ‘agricultura campesina’ son alejadas de la realidad, ya que desconocen las tendencias demográficas y los principios de la agricultura moderna. Las Farc no quieren aceptar que en Colombia hoy el 80% de la población es urbana y para 2030 lo será el 90%. Lo anterior implica que sólo uno de cada diez colombianos vivirá en el campo y, si nos atenemos a un núcleo familiar de cinco personas, en la agricultura trabajando sólo va a haber dos millones de personas. La pregunta no es si esos dos millones de agricultores pueden alimentar a los restantes 48 millones de colombianos (En EE. UU., seis millones no sólo alimentan a los otros 350 millones, sino que producen enormes excedentes que se exportan). La pregunta es si lo pueden hacer bajo el modelo de ‘agricultura’ que proponen las Farc.

Según la guerrilla, su modelo “garantiza la seguridad alimentaria, genera empleo y contribuye a estabilizar el sector primario como base para desarrollar otros ámbitos de la economía”. Es una insensatez pensar que los dos millones de pequeños agricultores, en el modelo de ‘agricultura campesina’, aparte de mal alimentarse a sí mismos, van a generar excedentes que alimenten a 45 millones de citadinos. Los excedentes que genera la ‘agricultura campesina’ se utilizan en trueque para complementar la nutrición familiar. No existe ninguna, absolutamente ninguna, posibilidad de compaginar la ‘agricultura campesina’ con la ‘seguridad alimentaria’.

Colombia importa (a un costo cercano a los US$6 mil millones) cerca de nueve millones de toneladas de granos y necesitaría entre 1,8 y 2,3 millones de hectáreas para producir la soya y el maíz que el país consume anualmente. El pretender que la ‘agricultura campesina’ —que dado su tamaño y escasa mecanización es ineficiente y costosa— pueda, además de alimentar a las urbes, reemplazar las importaciones, es una grave distorsión de la realidad.

Pero no es sólo el peligro de tener que importar cada día más y más comida bajo el modelo de la ‘agricultura campesina’, sino que estaríamos desaprovechando una oportunidad histórica: Para atender la mayor demanda de alimentos el mundo, la FAO estima que se necesita incorporar 3,75 millones de nuevas hectáreas/año de aquí hasta 2030 y que más de la mitad de la tierra que podría ingresar a la producción agrícola está localizada en solo siete países tropicales de América Latina y de África Subsahariana (Angola, Argentina, Bolivia, Colombia, Brasil, Congo y Sudán). Para Colombia ese potencial reside en la altillanura bajo explotaciones con enormes economías de escala. En el modelo de ‘agricultura campesina’ el poder ser uno de los ‘graneros’ del mundo dejaría de existir.

Pero posiblemente la insensatez más peligrosa (compartida inexplicablemente por millares de personas) es seguir pensando que la raíz de todos nuestros problemas radica en el campo y no en las ciudades; y que una vez entregado el campo a la subversión, la paz traerá consigo ríos de leche y miel. Al contrario, los grandes desafíos del país, es decir, la generación de empleo, la seguridad, la salud y la educación, están es en las urbes, donde van a vivir 45 millones de compatriotas. No enfrentar los desafíos inherentes en el irreversible fenómeno de la urbanización nos va a ahogar en un mar de frustraciones y puede colocarnos nuevamente en el sendero de inviabilidad como Estado.

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