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Opinión | Sab, 11/10/2012 - 23:00

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Por: Marianne Ponsford | Elespectador.com

Mientras un video estúpido de un niño de dos años que pelea con un dragón ha recibido 16 millones de visitas en la web, esta misma semana en La Virginia, Risaralda, aparece el cadáver de una niña de nueve años, desaparecida pocos días antes, y ni El Espectador ni Semana ni El Tiempo ni El Colombiano recogen la noticia.

Y esto a pesar de que los habitantes del pueblo acudieron en masa al sepelio para mostrar su solidaridad con la familia de la niña y protestar contra la violencia contra los niños.

Si el comportamiento de los usuarios de internet no es más que un reflejo de la realidad social de un país, lo que pone en evidencia este hecho es la fractura social de Colombia. En El Tiempo, el pasado viernes, la noticia más vista del día fue la salida a la venta del iPhone 5. Hace poco más de un mes, la noticia más vista en la página web de Semana se refería a los problemas del hombre con el pene más grande del mundo. En todos los medios, cuando los clics en internet bajan, basta subir a la página de inicio cualquier noticia, por insulsa que sea, sobre el caso Colmenares, y los clics suben como espuma. También hacen milagros los rankings: un top 5 de las cirugías plásticas más desastrosas, o de las conejitas más atrevidas, funcionan a la maravilla. O ponga usted la palabra “Facebook” o “Twitter” en un titular, y tiene el éxito garantizado.

Pero Angie Xiomara Valencia, cuyo cuerpo fue encontrado en un cañaduzal cercano al municipio de Balboa el 6 de noviembre, tras haber desaparecido mientras jugaba con amiguitos el domingo 28 de octubre, es un hecho que ni siquiera merece un registro en la prensa.

¿De quién es la culpa? ¿De los usuarios, cuyos gustos y preferencias hoy son más visibles que nunca gracias a las nuevas tecnologías? ¿De la humana frivolidad que se pone en evidencia en una sumatoria de clics? ¿O de la prensa misma, que se niega a considerar que el asesinato de una niña merezca ser registrado?

Uno puede pensar que la crisis económica que hace que los gerentes recorten corresponsalías regionales es la culpable. Pero no. Porque así como es el trabajo de los gerentes recortar y recortar, es trabajo de los directores y periodistas pedir y pedir. Pelear.

Para mí, este hecho es una vergüenza para el periodismo. Hemos pasado a ser una empresa más, como un banco o una transportadora de huevos. Contagiados por la fiebre de los números, sólo queremos resultados, y olvidamos que nuestro trabajo es el de dar las noticias importantes. De hecho, el papel impreso está exento de impuestos precisamente por eso: porque los ciudadanos tienen el derecho constitucional a ser informados.

¿Qué podemos hacer para equilibrar la necesidad de vender nuestras noticias, que nos obliga a ser cada día más banales, más tontos, más cínicos y “creativos”, con la necesidad de ofrecer un periodismo digno de su nombre? ¿Es admisible que un país que escribe y que lee ignore este asesinato?

En Twitter, yo miro todas las semanas quiénes son mis seguidores. Y son, en su gran mayoría, periodistas. Jóvenes que estudian comunicación social. Acabaremos produciendo noticias para nosotros mismos, siendo leídos por nosotros mismos, como los financieros que se pasan el día mirando las cotizaciones de bolsa y de divisas. Un gueto más. Pero uno que se engaña a sí mismo, creyendo que representa a los ciudadanos. Sin duda, el gueto más triste de todos.

 

*Marianne Ponsford

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